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miércoles, 25 de julio de 2012

Cádiz, mar y barcos: en TRAFALGAR (Galdós, 12 del DOCE y Las crónicas de la Pepa)



Cuadro sobre la batalla de Trafalgar expuesto en el Museo Naval de Madrid
Trafalgar es el primer episodio de la primera serie de sus Episodios Nacionales. Esta primera serie está caracterizada por los hechos militares del período 1805-1812. En ellos, las memorias de Gabriel Araceli conducen al lector por los vericuetos de la vida de la época y los grandes sucesos.





Trafalgar

Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina.
[…]
      Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la Viña, que no es hoy, ni menos era entonces, academia de buenas costumbres. La memoria no me da luz alguna sobre mi persona y mis acciones en la niñez, sino desde la edad de los seis años, y si recuerdo esta fecha es porque la asocio a un suceso naval de que oí hablar entonces: el combate del cabo de San Vicente en 1797.
[…] en el cuadro de las cosas pasadas, me veo jugando en la Caleta con otros chicos de mi edad, […] Aquello era mi vida entera […] pues en mi infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia de que el hombre había sido criado para la mar, […]
      Entre las impresiones que conservo está muy fijo en mi memoria el placer entusiasta que me causaba la vista de los barcos cuando se fondeaban frente a Cádiz […]
     Afanosos para imitar las grandes cosas de los hombres, los chicos hacíamos también nuestras escuadras con pequeñas naves, rudamente talladas, a las que poníamos velas de papel o trapo, marinándolas con mucha decisión y seriedad en cualquier charco de Puntales o la Caleta. […]
Aquélla era época de grandes combates navales, pues había uno cada año y alguna escaramuza cada mes. Yo me figuraba que las escuadras se batían unas contra otras pura y simplemente porque les daba la gana o con objeto de probar su valor, como dos guapos que se citan fuera de puertas para darse de navajazos. […] Oía hablar mucho de Napoleón. ¿Y cómo creen ustedes que yo me lo figuraba? Pues nada menos que igual en todo a los contrabandistas que, procedentes del Campo de Gibraltar, se veían en el barrio de la Viña con harta frecuencia, me lo figuraba caballero en un potro jerezano, con su manta, polainas, sombrero de fieltro y el correspondiente trabuco. […]

Muchas cosas voy a contar. ¡Trafalgar, Bailén, Madrid, Zaragoza, Gerona, Arapiles!... […]           Don Alonso Gutiérrez de Cisniega pertenecía a una antigua familia del mismo Vejer. Consagráronle a la carrera naval, y desde su juventud, siendo guardia marina, se distinguió honrosamente en el ataque que los ingleses dirigieron contra La Habana en 1748. […] terminó su gloriosa carrera en el desastroso encuentro del cabo de San Vicente, mandando el navío Mejicano, uno de los que tuvieron que rendirse. […]
     Marcial (nunca supe su apellido), llamado entre los marineros Medio-hombre, había sido contramaestre en barcos de guerra durante cuarenta años. En la época de mi narración, la facha de este héroe era de lo más singular que puede imaginarse. Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa, […] No puedo decir si su aspecto hacía reír o imponía respeto: creo que ambas cosas a la vez, y según como se le mirase.
Puede decirse que su vida era la historia de la marina española en la última parte del siglo pasado y principios del presente; historia en cuyas páginas las gloriosas acciones alternan con lamentables desdichas. Marcial había navegado en el Conde de Regla, en el San Joaquín, en el Real Carlos, en el Trinidad y en otros heroicos y desgraciados barcos que, al perecer derrotados con honra o destruidos por la alevosía, sumergieron con sus viejas tablas el poderío naval de España. […]

–Señor Marcial –dijo ésta con redoblado furor– si quiere usted ir a la escuadra a que le den la última mano, puede embarcar cuando quiera; pero lo que es éste no irá.
–Bueno –contestó el marinero, que se había sentado en el borde de una silla, ocupando sólo el espacio necesario para sostenerse–: iré yo solo. El demonio me lleve si me quedo sin echar el catalejo a la fiesta.
          Después añadió con expresión de júbilo:
      –Tenemos quince navíos, y los francesitos veinticinco barcos. Si todos fueran nuestros, no era preciso tanto… ¡Cuarenta buques y mucho corazón embarcado! […]
     Marcial, como digo, convertía los nombres en verbos y éstos en nombres sin consultar con la Academia. Asimismo, aplicaba el vocabulario de la navegación a todos los actos de la vida, asimilando el navío con el hombre, en virtud de una forzada analogía entre las partes de aquél y los miembros de éste. Por ejemplo, hablando de la pérdida de su ojo, decía que había cerrado el portalón de estribor, y para expresar la rotura del brazo, decía que se había quedado sin la serviola de babor. Para él, el corazón, residencia del valor y del heroísmo, era el pañol de la pólvora, así como el estómago, el pañol del viscocho. […]
      Marcial imitaba con los gestos de su brazo y medio la marcha de las escuadras, la explosión de las andanadas; con su cabeza, el balance de los barcos combatientes; con su cuerpo, la caída de costado del buque que se va a pique; con su mano, el subir y bajar de las banderas de señal; con un ligero silbido, el mando del contramaestre; con los porrazos de su pie de palo contra el suelo, el estruendo del cañón; con su lengua estropajosa, los juramentos y singulares voces del combate; y como mi amo le secundase en esta tarea con la mayor gravedad, quise yo también echar mi cuarto a espadas, alentado por el ejemplo y dando natural desahogo a esa necesidad devoradora de meter ruido que domina el temperamento de los chicos con absoluto imperio.
        Sin poderme contener, viendo el entusiasmo de los dos marinos, comencé a dar vueltas por la habitación, pues la confianza con que por mi amo era tratado me autorizaba a ello; remedé con la cabeza y los brazos la disposición de una nave que ciñe el viento, y al mismo tiempo profería, ahuecando la voz, los retumbantes monosílabos que más se parecen al ruido de un cañonazo, tales como ¡bum, bum, bum!... […]
–¡También tú! –gritó vapuleándome sin compasión–. Ya ves –añadió mirando a su marido con centelleantes ojos–: tú le enseñas a que pierda el respeto… ¿Te has creído que estás todavía en la Caleta, pedazo de zascandil? […] En la cocina eché el ancla, lloroso, considerando cuán mal había concluido mi combate naval. […]

–Vengo a despedirme –dijo Malespina. […]
        –¿Pues qué pasa? ¿Adónde va usted, señor don Rafael? –le preguntó mi ama. […] –Como la escuadra carece de personal –añadió–, han dado orden para que nos embarquemos con objeto de hacer allí el servicio. Se cree que el combate es inevitable, y la mayor parte de los navíos tienen falta de artilleros. […]
      –Lo indudable –prosiguió Malespina– es que la escuadra inglesa anda cerca y con intento de bloquear a Cádiz. Los marinos españoles opinan que nuestra escuadra no debe salir de la bahía, donde hay probabilidades de que venza. Mas el francés parece que se obstina en salir.
        –Veremos –dijo mi amo–. De todos modos, el combate será glorioso. […]

      Recorrí luego la muralla y conté todos los barcos fondeados a la vista. Hablé con cuantos marineros hallé al paso, diciéndoles que yo también iba a la escuadra, y preguntándoles con tono muy enfático si había recalado la escuadra de Nelson. Después les dije que Monsieur Corneta era un cobarde y que la próxima función sería buena. […]
      Octubre era el mes, y 18 el día. De esta fecha no me queda duda, porque al día siguiente salió la escuadra. Nos levantamos muy temprano y fuimos al muelle, donde esperaba un bote que nos condujo a bordo.
       Figúrense ustedes cuál sería mi estupor, ¡qué digo estupor!, mi entusiasmo, mi enajenación, cuando me vi cerca del Santísima Trinidad, el mayor barco del mundo, aquel alcázar de madera que, visto de lejos, se representaba en mi imaginación como una fábrica portentosa, sobrenatural, único monstruo digno de la majestad de los mares. […]
    Los presentes no pueden hacerse cargo de aquellos magníficos barcos, ni menos del Santísima Trinidad, por las malas estampas en que los han visto representados. Tampoco se parecen nada a los buques guerreros de hoy, […] los barcos de hoy son simples máquinas de guerra, mientras los de aquel tiempo eran el guerrero mismo, armado de todas armas de ataque y defensa, pero confiando principalmente en su destreza y valor. […]
     En la cámara, mi amo hablaba acaloradamente con el comandante del buque, don Francisco Javier de Uriarte, y con el jefe de escuadra, don Baltasar Hidalgo de Cisneros. Según lo poco que oí, no me quedó duda de que el general francés había dado orden de salida para la mañana siguiente. […]
Todas las conferencias terminaban en un solo punto: el próximo combate. La escuadra debía salir al día siguiente. ¡Qué placer! Navegar en aquel gigantesco barco, el mayor del mundo; presenciar una batalla en medio de los mares; ver cómo era la batalla, cómo se disparaban los cañones, cómo se apresaban los buques enemigos…, ¡qué hermosa fiesta! Y luego volver a Cádiz cubiertos de gloria[…]

Amaneció el 19, que fue para mí felicísimo, y no había aún amanecido, cuando yo estaba en el alcázar de popa con mi amo, que quiso presenciar la maniobra. […]
Pequeñas olas acariciaban sus costados, y la mole majestuosa comenzó a deslizarse por la bahía sin dar la menor cabezada, sin ningún vaivén de costado, con marcha grave y solemne, que sólo podía apreciarse comparativamente observando la traslación imaginaria de los buques mercantes anclados y del paisaje.
Al mismo tiempo se dirigía la vista en derredor, y ¡qué espectáculo, Dios mío! Treinta y dos navíos, cinco fragatas y dos bergantines, entre españoles y franceses, colocados delante, detrás y a nuestro costado, se cubrían de velas y marchaban también impelidos por el escaso viento.[…]
Cádiz, en tanto, como un panorama giratorio, se escorzaba a nuestra vista, presentándonos sucesivamente las distintas facetas de su vasto circuito. El sol, encendiendo los vidrios de sus mil miradores, salpicaba la ciudad con polvos de oro, y su blanca mole se destacaba tan limpia y pura sobre las aguas, que parecía haber sido creada en aquel momento o sacada del mar como la fantástica ciudad de San Jenaro. Vi el desarrollo de la muralla desde el muelle hasta el castillo de Santa Catalina; reconocí el baluarte del Bonete, el baluarte del Orejón, la Caleta, y me llené de orgullo considerando de dónde había salido y dónde estaba. […] Marcial, durante la salida, iba haciendo comentarios sobre cada buque[…] Rodeado de dos colegas y admiradores, les explicaba el plan de Villeneuve del modo siguiente:
Monsieur Corneta ha dividido la escuadra en cuatro cuerpos. […] Ya les he dicho que Monsieur Corneta no sabe lo que tiene entre manos y que no le caben cincuenta barcos en la cabeza. Cuidado con un almirante que llama a sus capitanes el día antes de una batalla y les dice que haga cada uno lo que le diere la gana… Pos pa eso… (grandes muestras de asentimiento.) En fin, allá veremos… Pero vengan acá ustedes y díganme: si nosotros los españoles queremos defondar a unos cuantos barcos ingleses, ¿no nos bastamos y nos sobramos para ello? ¿Pues a cuenta qué hemos de juntarnos con franceses que no nos dejan hacer lo que nos sale de dentro, sino que hemos de ir al remolque de sus señorías? Siempre di cuando fuimos con ellos, siempre di cuando salimos destaponandos… En fin…, Dios y la Virgen del Carmen vayan con nosotros y nos libren de amigos franceses por siempre jamás amén. (Grandes aplausos.) […]
De repente nuestro comandante dio una orden terrible. […]
Al ver la maniobra de nuestro buque, pude observar que gran parte de la tripulación no tenía toda aquella desenvoltura propia de los marineros familiarizados, como Marcial, con la guerra y con la tempestad. Entre los soldados vi algunos que sentían el malestar del mareo y se agarraban a los obenques para no caer. Verdad es que había gente muy decidida, especialmente en la clase de voluntarios; pero por lo común todos eran de leva, obedecían las órdenes como de mala gana, y estoy seguro de que no tenían ni el más leve sentimiento de patriotismo. no les hizo dignos del combate más que el combate mismo, como advertí después. […]
En el semblante de mi amo, en la sublime cólera de Uriarte, en los juramentos de los marineros amigos de Marcial, conocí que estábamos perdidos, y la idea de la derrota angustió mi alma. La línea de la escuadra combinada se hallaba rota por varios puntos, […] Estábamos envueltos por el enemigo, cuya artillería lanzaba una espantosa lluvia de balas y de metralla sobre nuestro navío, lo mismo que sobre el Bucentauro. […]
El fuego cesó y los ingleses penetraron en el barco vencido. […]
Por lo que oí, pude comprender que a bordo de cada navío había ocurrido una tragedia tan espantosa como la que yo mismo había presenciado, y dije para mí: «¡Cuánto desastre, Santo Dios, causado por las torpezas de un solo hombre!» Y aunque yo era entonces un chiquillo, recuerdo que pensé lo siguiente: «Un hombre tonto no es capaz de hacer en ningún momento de su vida los disparates que hacen a veces las naciones, dirigidas por centenares de hombres de talento. » […]
B. Pérez Galdós


 



"Trafalgar"
12 del Doce
nº 1



Las crónicas de la Pepa
Capítulo 1
"La batalla de Trafalgar"


Ver capítulo: http://www.canalsuralacarta.es/television/video/la-batalla-de-trafalgar/17918/235




Cádiz en la gran regata del Doce

Los grandes veleros del mundo harán parada en Cádiz, en un año de celebración por el Bicentenario de la Constitución de 1812.
El buque-escuela ´Juan Sebastián El Cano´ llegará a Cádiz el 26 de julio para participar en dicha regata y recibir a los veleros invitados. Entre los buques escuela que echarán el ancla esos días en el puerto de Cádiz están: Argentina con el buque-escuela ‘Libertad’, Colombia con el ‘Gloria’, Ecuador y el ‘Guayas’, Venezuela con el buque ‘Simón Bolívar’, México y el ‘Cuauhtemoc’, Chile con el ‘Esmeralda’, Brasil y el ‘Cisne Branco’, Uruguay con el ‘Capitán Miranda’ y el buque ‘Sagres’ de Portugal.

jueves, 19 de enero de 2012

La Regencia se instala en el palacio de la Aduana, en CÁDIZ de Benito Pérez Galdós



 http://www.milan2.es/asdeguia/AsDeGuia_Marques_Palacio.html


En una mañana del mes de Febrero de 1810 tuve que salir de la Isla, donde estaba de guarnición, para ir a Cádiz, obedeciendo a un aviso tan discreto como breve que cierta dama tuvo la bondad de enviarme. El día era hermoso, claro y alegre cual de Andalucía, y recorrí con otros compañeros, que hacia el mismo punto si no con igual objeto caminaban, el largo istmo que sirve para que el continente no tenga la desdicha de estar separado de Cádiz; examinamos al paso las obras admirables de Torregorda[1], la Cortadura[2] y Puntales[3], charlamos con los frailes y personas graves que trabajaban en las fortificaciones; disputamos sobre si se percibían claramente o no las posiciones de los franceses al otro lado de la bahía; echamos unas cañas en el figón de Poenco, junto a la Puerta de Tierra[4], y finalmente, nos separamos en la plaza de San Juan de Dios, para marchar cada cual a su destino. Repito que era en Febrero, y aunque no puedo precisar el día, sí afirmo que corrían los principios de dicho mes, pues aún estaba calentita la famosa respuesta: «La ciudad de Cádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro rey que al señor D. Femando VII. 6 de Febrero de 1810». […]

Desde aquella noche no pude volver a Cádiz hasta la tarde del 28 de Mayo, formando parte de las fuerzas que se enviaron para hacer los honores a la Regencia, que al día siguiente debía instalarse en el palacio de la Aduana[5]. Esta ceremonia de la instalación fue muy divertida y animada tanto el día 29 como el 30, por ser en este los de nuestro señor rey D. Fernando VII. Cuando estábamos en la Puerta de Mar[6], haciendo la guardia, oímos decir que en aquel mismo día se presentarían en Cádiz al pie de cien coraceros a la antigua que querían ofrecer sus respetos al poder central. Al punto que tal oí, acordeme del insigne don Pedro, y no dudé que él fuese autor de la diversión que se nos preparaba.
Las doce serían, cuando una gran turba de chicos desembocando por las calles del Hondillo[7] y de la Pañolería[8], inundó la plaza de San Juan de Dios, anunciando que algo muy extraordinario y divertido se aproximaba; y con efecto, tras el infantil escuadrón, que de mil diversos modos y con variedad de chillidos manifestaba su regocijo, vierais allí aparecer una falange de cien a caballo vestidos todos con el mismo traje amarillo y rojo que yo había visto en las secas carnes del gran D. Pedro. Este venía delante con faja de capitán general sobre el arlequinado traje, y tan estirado, satisfecho y orgulloso, que no se cambiara por Godofredo de Bouillón entrando triunfante en Jerusalén. […]
Llegaron a la Aduana, pidió permiso el que los mandaba para entrar a saludar a la Regencia, se lo negamos, creyendo que los de la Junta no habrían perdido el juicio; insistió D. Pedro, golpeando el suelo con el sable y profiriendo amenazas y bravatas; entramos a notificar a los señores qué clase de estantiguas querían colarse en el palacio del gobierno, y este al fin consintió en ser felicitado por los caballeros a la antigua, temiendo despopularizarse si no lo hacía. ¡Debilidad propia de autoridades españolas![9] […]
Después, la graciosa procesión recorrió las calles de Cádiz con grande alegría de todo el pueblo, que se regocijaba con tal motivo extraordinariamente, sin decidirse por eso a vestir a la antigua... ¡Tan grande era su buen sentido! Los balcones y miradores se poblaban de damas, y en la calle la multitud seguía a los cruzados. Sobre todo los chicos tuvieron un día felicísimo.
Benito Pérez Galdós, Cádiz, (1874)
Ed. de Pilar Esterán, Madrid, Cátedra, 2003, págs. 109-110 y 175-178.



[1] Torregorda: “Pasando el fuerte de la Cortadura y a alguna distancia, siguiendo el arrecife se halla la batería de Torregorda, que es un torreón redondo situado sobre una pequeña eminencia”. Véase: Paseo, pág. 24.
[2] La Cortadura: En el camino entre Cádiz y la Isla de León, “como a otra media legua de la playa y en medio del arrecife, se encuentra la Cortadura de San Fernando, llamada así por hallarse situada cortando el camino, puesto que en pleamar el agua baña sus murallas, no quedando otro paso que el que ella permite: es una batería corrida con algunos salientes […] Fue edificada en 1808 cuando los ejércitos franceses bajaron a Andalucía y se aprestó la ciudad para la defensa: los gaditanos […] contribuyeron poderosamente a su construcción, ya por medio de donativos, ya prestando el trabajo material de sus brazos para levantar sus murallas, personas de todas clases y condiciones”, Paseo, pág. 33. Véase también: Castro, Cádiz, págs, 16-17, y Toreno, op. cit., pág. 245b.
[3] Puntales: “En la extremidad de una lengua de tierra por el lado de N. y como media legua de la plaza, distando del arrecife unas 1.400 varas, se halla el muy nombrado castillo de San Lorenzo del Puntal, que defiende la entrada de lo interior del puerto y ofende la costa fronteriza […] Hasta la guerra de la Independencia se cruzaban sus fuegos con los del de Matagorda y de Fort Luis, colocados en frente por la parte del Trocadero, los cuales quedaron entonces destruidos y así permanecen”. Véase: Paseo, págs. 32-33.
[4] Cádiz tenía para su ingreso y salida cinco puertas: la de Tierra, la de Mar, la de Sevilla, la de San Carlos y la de la Caleta. La Puerta de Tierra era la única entrada que tenía por tierra la población, y daba salida al barrio de San José Extramuros. Por medio de este barrio corre el arrecife que va a San Fernando. Véase: Paseo, págs. 23-24. Alcalá Galiano, Recuerdos…, pág. 73ª, cuenta que las inmediaciones de Puerta de Tierra han sido tradicionalmente un lugar de recreo y fiesta en Cádiz por los muchos ventorrillos que allí se descubren.
[5] La Regencia acordó residir en Cádiz por ser punto más importante que la Isla de León. Véase: Castro, Cádiz…, pág.23.
[6] Puerta de Mar: Para evitar confusión, por ser la de más tránsito, esta puerta estaba dividida en dos, una para entrar y la otra para salir. Esta puerta daba salida al principal muelle de la ciudad. Véase: Paseo, págs. 22-26.
[7] Calle del Hondillo: En 1855 tomó el nombre actual de calle del Marqués de Cádiz. Véase: Castro, Nombres, pág. 35, y Smith Somariba, Calles, págs. 219-221.
[8] Calle de Pañolería: Es la actual calle Nueva.
[9] Nada refiere Adolfo de Castro, Cádiz…, pág.23, en relación con estos supuestos escrúpulos iniciales manifestados por la Regencia. Más bien al contrario, el Gobierno provisional expidió una real orden a fin de que el general en jefe, don Joaquín Blake, se pusiese a disposición del estrafalario marqués del Palacio y le facilitase cuantos hombres y caballos pidiese.


martes, 28 de diciembre de 2010

CÁDIZ, por Benito Pérez Galdós (La calle Ancha)

Calle Ancha, Cádiz
      http://bastinazocadiz.wordpress.com/page/2/                               

[…] Desde tal día, el servicio en la Cortadura y en Matagorda me entretuvo algún tiempo[1], y no me fueron posibles aquellas visitas, ya tristísimas, ya alegres, que hacía a Cádiz; pero al fin, como el asedio no era penoso, disfruté de algún vagar, y un día púseme en camino de la calle Ancha, con intento de resolver allí qué dirección tomar.
En tiempos normales era la calle Ancha el sitio donde se reunía la caterva de mentirosos, desocupados, noveleros y toda la gente curiosa, alegre y holgazana. Allí iban también de paseo a la hora de medio día en invierno y por las tardes en verano, las damas a la moda y los petimetres, abates y enamorados, ocurriendo con esto mil lances y escenas de que nos ha dejado retrato muy vivo don Juan del Castillo en sus sainetes urbanos, no menos graciosos y verdaderos que los populares y consagrados a la majeza[2].
Pero en 1811, y después que las Cortes se trasladaron a Cádiz[3], la calle Ancha, además de un paseo público, era, si se me permite el símil, el corazón de España. Allí se conocían, antes que en ninguna parte, los sucesos de la guerra, las batallas ganadas o perdidas, los proyectos legislativos, los decretos del gobierno legítimo y las disposiciones del intruso, la política toda, desde la más grande a la más menuda, y lo que después se ha llamado chismes políticos, marejada política, mar de fondo y cabildeos[4]. Conocíanse asimismo los cambios de empleados y el movimiento de aquella administración que, con su enorme balumba de consejos, secretarías, contadurías, real sello, real estampilla, renovación de vales, medios, arbitrios, etc., se refugió en Cádiz después de la invasión de las Andalucías. Cádiz reventaba de oficinas y estaba atestada de legajos[5].
Además, la calle Ancha obtenía la primacía en la edición y propaganda de los diferentes impresos y manuscritos con que entonces se apacentaba la opinión pública; y lo mismo las rencillas de los literatos que las discordias de los políticos, lo mismo los epigramas que las diatribas, que los vejámenes, que las caricaturas, allí salieron por primera vez a la copiosa luz de la publicidad. En la calle Ancha se recitaban, pasando de boca en boca, los malignos versos de Arriaza, y las biliosas filípicas de Capmany contra Quintana[6]. […]
[…] En la calle Ancha, en suma, se congregaba todo el patriotismo con todo el fanatismo de los tiempos; allí, la inocencia de aquella edad; allí, su bullicioso deseo de novedades; allí, la voluble petulancia española con el heroico espíritu, la franqueza, el donaire, la fanfarronada, y también la virtud modesta y callada. Tenía la calle Ancha mucho de lo que llamamos salón de conferencias, de lo que hoy llamamos Bolsa, Bolsín, Ateneo, Círculo, Tertulia, y era también un club.
     Cualquiera que entonces entrase en ella por las calles de la Verónica o la Novena y la atravesase en dirección a la plaza de San Antonio, habríase creído transportado a la capital de un pueblo en pleno goce del más acabado bienestar y aun de la paz más completa, si no mostrara otra cosa la multitud de uniformes militares, tan varios como alegres, que abundantemente se veían. Gastaban las damas gaditanas ostentoso lujo, no sólo por hacer alarde de tranquilidad ante las amenazas de los franceses, sino porque era Cádiz entonces ciudad de gran riqueza, guardadora de los tesoros de ambas Indias. Casi todos los petimetres y la juventud florida en masa, lo mismo de la aristocracia que del alto comercio, se habían alistado en los diferentes cuerpos de voluntarios que en febrero de 1810 se formaron; y como en tales cuerpos ha dominado siempre, por lo común, la vanidad de lucir uniformes y arreos de gran golpe de vista, aquello fue una bendición de Dios para el lucimiento de sastres y costureras, y los milicianos de Cádiz estaban que ni pintados.
Debo advertir que se portaron bien y con verdadero espíritu militar en todo lo muy difícil y arriesgado que durante el sitio se les confió; pero su principal triunfo estaba en la calle Ancha entre muchachas solteras, casadas y viuditas.
Llamábanse unos los guacamayos, por haber elegido el color grana para su uniforme, y éstos formaban cuatro batallones de línea. Menos vistoso y deslumbrador era el vestido de los dos batallones de ligeros, a quienes llamaron cananeos, por usar cananas en vez de cartucheras. Otros, por haber aplicado profusamente a sus personas el color verde, fueron designados con el nombre de lechuguinos, si bien hay quien atribuye este apodo a la circunstancia de pertenecer los tales lechuguinos a los barrios de Puerta de Tierra y Extramuros, donde se crían lechugas. Con los mozos de cuerda y trabajadores formose un regimiento de artillería, y como eligieran para decorarse el morado, el rojo y el verde, en episcopal combinación, fueron llamados los obispos, y no hubo quien les quitara el nombre durante todo el transcurso de la guerra. Otros, que militaron en la infantería, y eran modestísimos en estatura y traje, fueron designados con el mote de perejiles, y a las personas graves que habían formado una milicia urbana y exornádose con un levitón negro y cuello encarnado, se les tituló los pavos. Todos llevaban nombre contrahecho, y hasta el cuerpo que se formó con los desertores polacos, no pudo llamarse nunca de los polacos, sino de las polacras[7].
Todo esto inmenso, variado y pintoresco personal de guacamayos, cananeos, obispos, perejiles y pavos discurría por la calle Ancha y plaza de San Antonio, llamada entonces Golfo de las Damas[8], en las horas que dejaba libres el servicio, menos penoso y arriesgado allí que en Zaragoza. Formaban los variados uniformes, a los cuales se añadían los nuestros y los de los ingleses, la más animada y alegre mescolanza que puede ofrecerse a la vista; y como las señoras no llevaban sus guardapiés y faldellinas de luto, sino por el contrario, de los más brillantes rasos blancos, amarillos o rosa, con mantillas quier blancas, quier negras, y cintas emblemáticas, y cucardas patrióticas a falta de flores, júzguese de cuán bonita sería aquella calle Ancha, la cual, como calle, y aun desierta y abandonada por el alegre gentío, es, con sólo el adorno de sus lindas casas, de sus balcones siempre pintados y de sus mil vidrios, lo más bonito que existe en ciudades del Mediodía. […]
Benito Pérez Galdós, Cádiz (1874),
Ed. de Pilar Esterán, Madrid, Cátedra, 2003, págs. 255-257 y 260-262
                                    _________________________________________________
Es una colaboración de Juan Diego Pinteño

[1] Galdós ha deslizado un error manifiesto. No es posible que nuestro protagonista se demore en la defensa del castillo de Matagorda hacia diciembre de 1810 porque dicho punto defensivo había sido tomado por los franceses en abril de ese mismo año. Castro, Cádiz…, págs. 22-23, escribe: “Los franceses a todo trance necesitan el sitio del Trocadero, punta avanzada en el término de Puerto Real hacia la bahía que sirve de carenero […] Defiende el Trocadero el pequeño castillo de Matagorda sobre la bahía, pero cercano a la costa, y el castillo una guarnición inglesa. Dos meses de incesantes fuegos no han podido vencerle; mas la fuerza irresistible de las baterías contrarias, últimamente establecidas, logra que el navío San Pablo se retire, en presencia de las balas rojas que sobre él caen. Bátese con los franceses a medio tiro de cañón el castillo, y los ingleses, estando ya convertido en ruinas, lo abandonan el día 24 de abril [de 1810]”.
[2] Los sainetes de Juan Ignacio González del Castillo has sido clasificados en varios grupos temáticos: sainetes de costumbres, retratan el Cádiz de la época; sainetes de sátira social, cuyo núcleo argumental gira en torno al enfrentamiento entre petimetres y majos; sainetes que desarrollan el tema del “teatro dentro del teatro”, con parodia del mundo literario, y obras de carácter más folclórico y más entroncadas con un paisaje rural o urbano. Véase: González Troyano et al. [2000, 31-41].
[3] Las Cortes cerraron sus sesiones en la Isla de León el 20 de febrero de 1811 y las reabrieron en Cádiz el 24 del mismo mes. Véase: Toreno, op. cit., pág. 305b.
[4] Para subrayar la función de la calle Ancha gaditana como mentidero político, Castro, Cádiz…, pág. 47, anota que algunos periódicos, tales como el Redactor general, publicaban una sección de noticias extraoficiales bajo el marbete de “Calle Ancha”.
[5] A don Benito le bastó con echar un vistazo al Apéndice del libro de Adolfo de Castro, Cádiz…, págs. 65-66, para conocer la proliferación de oficinas correspondientes a los distintos ramos de la Administración que tenía cabida en Cádiz durante el sitio.
[6] Hacia mayo de 1811 estalló una violenta polémica entre Capmany y Quintana, secretario este último de la Interpretación de Lenguas y miembro de la Suprema Junta Censoria. Capmany publicó dos folletos con el título de Carta de un buen patriota que reside disimulado en Sevilla escrita a un antiguo amigo suyo domiciliado hoy en Cádiz, publicados en Cádiz, en la Imprenta Real, la primera con fecha 18 de mayo de 1811 y la segunda con fecha 20 de junio de 1811. En ambos textos criticaba el estilo excesivamente poético y afrancesado que utilizaba Quintana en las proclamas de la Junta Central y ahora en las de la Regencia. Quintana, ofendido, replicó en su Contestación a los rumores y críticas. Y Capmany dirigió nuevas invectivas contra su adversario en su Manifiesto de don Antonio Capmany en respuesta a la contestación de don Manuel José Quintana, Cádiz, Imprenta Real, 1811. Véase: Castro, Cádiz…, págs. 31-32. De esta disputa literaria también da cumplida cuenta Alcalá Galiano, Recuerdos…, págs. 74b-75b.
[7] Los curiosos apelativos por los que eran conocidos los distintos cuerpos de voluntarios distinguidos de Cádiz son enumerados por Castro, Cádiz…, pág. 47, y el novelista ha anotado la relación de nombres en el margen derecho de la página de su ejemplar. En este listado, la última palabra es “polacras”, pero Castro no hace mención del cuerpo de desertores polacos. Sólo Alcalá Galiano, Recuerdos…, pág. 57a-b, al relatar el incidente suscitado en la ciudad a mediados de febrero de 1809, cuando se dio orden a Cádiz a un batallón de desertores polacos, se refiere a ellos y al nombre contrahecho que se les dio, explicando que “el vulgo gaditano, acostumbrado a hablar de barcos, habiendo de éstos una clase con el nombre de polacras, [los] llamaba polacros”.
[8] Atestiguado por Castro, Cádiz…, pág. 47.