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domingo, 6 de marzo de 2011

EL CÁDIZ DE 1829, por Alexander Slidell

Patio de Cádiz. Foto Diógenes


Alexander Slidell Mackenzie (Nueva York, 1803 - 1848), oficial de la marina estadounidense, fue un curioso viajero e hispanista. Su primer libro en este sentido fue Un año en España, por un joven americano (1829), un best-seller tanto en USA como en Gran Bretaña, alabado por Washington Irving. Su visión es la de un caballero y está indefectiblemente ligada a su clase social. Más allá del exotismo con que contempla Cádiz y de su romántica fascinación por la mujer gaditana, destaca la información de las costumbres de una ciudad por aquel entonces ocupada por los cien mil hijos de San Luis.

Del Puerto a Cádiz
         Alcanzamos el Puerto de Santa María al atardecer. (…) Después de una cena escasa, remediada en parte por un Jerez auténtico, uno de mis compañeros de viaje propuso un paseo que yo acepté gustosamente.
         Después de haber deambulado por el agradable paseo que está al norte de la ciudad y de haber admirado algunos hermosos ejemplares de esas bellezas de ojos negros por las que Santa María es famosa, regresamos a la posada.
         Los acontecimientos del día y todo lo que vi de esa gente en Cádiz, Gibraltar y Málaga me convencieron de que la clase baja que habita la costa andaluza constituye la más camorrista, fullera y rencorosa canalla del mundo. Me sugirió el origen de un infundado prejuicio que yo había tenido anteriormente contra los españoles en general porque en los puertos de las colonias los españoles que había conocido, y de los que había recibido mis impresiones sobre el carácter nacional, procedían de los puertos de Andalucía o eran descendientes de emigrantes llegados a ellos.
         Apenas había un soplo de viento en la bahía de Cádiz. Los remeros echaron mano de los remos para afanarse hasta la ciudad, que dista ocho millas del Puerto de Santa María. No accionaban el remo con el mero esfuerzo muscular de brazos, hombros y espalda, sin moverse del asiento, sino que se incorporaban sobre los pies a cada palada utilizando el peso del cuerpo para mover el remo en el agua cuando se dejaban caer de nuevo sobre los bancos. Nuestros marineros se mofan de este torpe procedimiento pero, aunque tal forma resulte menos armoniosa que la nuestra, lo cierto es que es mucho menos trabajosa.
         No nos habíamos alejado mucho de la playa cuando llegamos a la barra exterior del Guadalete. Aquí, a una señal del patrón, nos pusimos en pie en la parte del timón y los remeros dejaron los remos y descubriendo sus cabezas murmuraron una breve jaculatoria por las almas de los marineros que se habían ahogado allí. Hecho esto se persignaron, se volvieron a cubrir la cabeza y reanudaron la boga, la charla y las coplas. Antiguamente existía la costumbre de hacer una colecta para misas por el rescate de las almas de los pecadores ahogados que continuasen en el purgatorio. El patrón de la faluca me contó que había muchos ahogados allí; raro era el año en que no se producían víctimas porque el rompiente entra tan traidoramente que después de remar por un mar apacible se levanta una ola por detrás, primero pequeña, pero va creciendo y acaba llevándose el bote por delante de lado, lo inunda y lo vuelca con sus pasajeros en las arenas movedizas.
         En unas dos horas alcanzamos el muelle de Cádiz, uno de los lugares más ruidosos del mundo, y pasamos desde allí a la salida más cercana donde el personal de aduana y la policía nos esperaban de pie dispuestos a registrar y examinar a todo el que entrara. Escapamos con una gratificación al funcionario de turno, no pasada a escondidas, sino entregada a la vista de todo el mundo. Con esto tuvimos vía libre para la Plaza del Mar, un espacio abierto contiguo a la Puerta del Mar. Estaba atestado con una galería de tipos curiosos. Aquí se celebra el mercado de abastos: frutas, huevos, verduras, hielo, cebada y limonada, papagayos intentando hacerse oír entre el tumulto, pájaros cantores enjaulados o implumes en sus nidos, abriendo los picos para recibir la comida que se les ofrece en el extremo de un palito –un dudoso sustituto del pico materno− y aquí, lo más extraño de todo, se venden grillos metidos en pequeñas jaulas. Sirven para alegrar los dormitorios de las damas gaditanas con su chirrido nocturno: insatisfactorio solaz del soltero y solitario. Además de los ruidos que producen los vendedores de todos estos productos y los productos mismos, todas las lenguas de Europa se confunden allí con espantosa algarabía. Los franceses cortejaban a las preciosas criadas y a las gitanas que frecuentan el mercado y les pedían cita. Alemanes, holandeses, ingleses, italianos e incluso moros de barba y turbante, con su declamación grave y gutural, se sumaban a la confusión.
         La población de Cádiz se ha cifrado recientemente en sesenta y dos mil personas pero es indudable que ha bajado mucho con la decadencia del comercio si consideramos la cantidad de casas deshabitadas que se ven por todas partes. A su número de habitantes hay que añadir ahora un ejército de diez mil franceses que tiene sus cuarteles dentro de la ciudad y en sus alrededores. Estos aportan mucho a la vida y gallardía del lugar, que sin ellos serían muy deficientes. Constituyen el alma de los teatros, de los paseos y de los cafés, donde soldados y oficiales se codean como en tierra de nadie; los capitanes van con los capitanes, los tenientes con sus iguales y los cabos con los cabos. Gente de toda graduación se comporta correcta y cívicamente.
         El empobrecimiento que ha seguido a la decadencia del comercio en un lugar completamente desprovisto de recursos agrícolas, es suficientemente notorio y el mal se ha visto acrecentado y la miseria multiplicada por la expulsión de muchos patriotas –una clase más numerosa y respetable en Cádiz que en ninguna otra parte−, la confiscación de sus bienes y el abandono de sus familias al hambre y la ignominia. Esta desdicha es elocuente. Apenas puede uno salir a la calle de día o de noche sin verse acosado por una multitud de mendigos y a menudo mujeres decentemente vestidas que todavía conservan vestigios de su pasada elegancia aunque tengan que pedir por su diario sustento.
         La decadencia de Cádiz es, sin embargo, una calamidad tan reciente que todavía mantiene su belleza. Está rodeada completamente por una hermosa muralla que besan las olas. En ella hay un adarve que rodea la ciudad por completo permitiendo un paseo continuo que domina una amplia vista del mar o de la bahía y de la lejana tierra y el estrecho istmo que conduce a la isla. Dentro de este circuito está la ciudad, bellamente planeada en plazas y calles con aceras que se cruzan en ángulo recto.
         Las casas son hermosas y admirablemente adaptadas al clima. Están construidas en un estilo que fue introducido por los árabes y que ahora es general en toda España. Tienen dos pisos y un patio cuadrado central rodeado de doble galería que descansa sobre columnas de mármol. En verano el patio se cubre con un toldo y se riega de vez en cuando de modo que se mantenga fresco el lugar. Nunca se deja entrar el sol en este apacible rincón donde se forma la tertulia al anochecer, donde se sirve el chocolate y se recibe al enamorado para que toque la guitarra y derrame su pasión en la elocuencia de una copla o para escuchar una melodía más dulce y atrapar la chispa del ingenio y de la alegría en las divertidas ocurrencias de alguna gaditana hechicera.
         En la calle, las ventanas abarcan desde el techo a las baldosas del suelo para que el aire circule libremente. Cada casa tiene su balcón con una galería verde a través de cuyas rejas se puede atisbar a veces a la adorable inquilina sentada entre plantas y flores mientras borda un pañuelo con el elaborado trabajo de que tanto gustan las españolas. La rosa, el geranio y la lavanda la rodean con sus perfumes y el canario, cuya jaula cuelga de arriba, la saluda constantemente con su canción.
         Las casas rematan en terrazas y a veces están cubiertas de naranjos y macetas. Casi todas las casas tienen una torre donde, cuando refresca la tarde, la gente acomodada se reúne para disfrutar de la vista y echar a volar cometas, diversión por la que sienten igual pasión hombres, mujeres y niños.
         No debo dejar de mencionar la Plaza de San Antonio ni la umbría alameda, puesto que constituyen el lugar de esparcimiento nocturno de toda la elegancia y la belleza de Cádiz. Nadie que haya estado allí se ha atrevido jamás a negar el embrujo de la gaditana; nadie puede negar que, de todas las criaturas de la Creación, ella es la más adorable y la más encantadora. Las gaditanas son, en su mayoría, altas, de breve cintura y delicadas y, sin embargo, nadie que haya contemplado la saludable lozanía de sus mejillas, sus bien torneados miembros y la segura precisión y elasticidad de su porte podría acusarlas de flaqueza y blandura. Sus tobillos son redondos y elásticos y ayudan a multiplicar sus atractivos a través de la seda de las medias. El grácil pie, dispuesto a cada paso a escapar de los diminutos zapatitos, se levanta y se posa con naturalidad y sin afectación pero con una gracia exquisita. La basquiña que fuera en otro tiempo enaguas de moer pero que ahora se ha transformado en vestido de seda, se festonea de cordoncillos y borlas o campanillas doradas y va lastrada con plomo de modo que se adapte a la figura a la que el clima permite solamente la adición de otra prenda. En tanto que la mano derecha abre y cierra el abanico o lo menea con maravillosa expresividad en señal de reconocimiento, los gráciles y delgados dedos de la izquierda, rutilantes de oro y piedras preciosas, limitan los flecos de la mantilla y ayudan a vedar los encantos que la basquiña apenas acierta a cubrir por sí sola.
         Los ricos dobleces de la mantilla dan una digna apariencia al busto sin ocultar las negras guirnaldas de su cabello, su mejilla redonda y risueña, sus labios de coral y aquellos ojos negros y brillantes que tan pronto aparecen llenos de fuego y animación como a punto de derretirse de ternura y parecen suplicarte que la cortejes y la rindas. No hay lugar alguno donde el físico de la mujer alcance más perfección que en Cádiz, en ninguna parte logra una gracia tan exquisita. Hay, en verdad, un encanto en cada mirada de la gaditana, una armonía, una fascinación en cada sereno movimiento que te invade enseguida los sentidos y salta las barreras de la más acendrada moralidad.
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Alexander Slidell, (a) “Mackenzie” (1803-1848), A year in Spain, by a young American (1829), vol. II, traducido y compilado por Manuel Bernal Rodríguez, La Andalucía de los libros de viajes del siglo XIX (Antología), Sevilla, Editoriales Andaluzas Unidas, 1985, págs. 77-82.

miércoles, 23 de febrero de 2011

DE PARÍS A CÁDIZ (1847), de la mano de Alejandro Dumas



Postal de Cádiz, hacia 1911. Hotel de Cádiz en la plaza de la Constitución (hoy, plaza de San Antonio)
Alexandre Dumas, padre (1802-1870), viajó por España en los años 40 del siglo XIX. Eran tiempos en que por estas tierras no eran nada queridos los franceses, pero al autor de Los tres mosqueteros su fama literaria y su carisma le abrieron todas las puertas. De París a Cádiz (1847) es un libro de viajes en forma epistolar: 44 cuartas a una señora anónima, no se sabe hasta qué punto real o mera coartada literaria. La estancia de Dumas en Cádiz se narra entreverada con mil anécdotas: la de una joven cortesana, Julia, que, enamorada de uno de los compañeros de viaje de Dumas, les sigue desde Sevilla y les complica la vida; las aventuras del joven Alejandro Dumas hijo, que pretende raptar a una joven y casarse con ella en España… Lo más interesante desde el punto de vista documental, es la visión de un par de hoteles de lujo de Cádiz, así como la impresión de “altura” que produce a un francés cosmopolita esta ciudad.
        
Dos horas de mar separan Sanlúcar de Cádiz. (…)
Finalmente, aparecieron las primeras casas de la blanca calle, que parecían surgir de la mar; no se veía aún la tierra sobre la cual se levanta la ciudad y que parecía hundida en el agua.
         Aquella blancura, destacándose sobre el doble azul del cielo y de la mar, como dijo Byron, era algo deslumbrador.
         Como nos habían prometido, hacia las cinco entramos en el puerto. Era la primera vez que un barco mantenía su palabra. Me mostré agradecido a no poder más con el Rápido.
         El puerto estaba lleno de barcos de todos los países, de todas las formas y de todos los tamaños.
         Nuestra primera mirada fue para comprobar si en medio de todos aquellos palos de barcos de vela se destacaba la chimenea de algún vapor.
         Había dos; tenemos, pues, doble coyuntura.
         Anclamos en medio del puerto.
         Al instante nos rodearon multitud de barcas. Como en todos los puertos del mundo, nos cercó una nube de solicitantes.
         Transbordamos nuestros efectos, nos despedimos de Julia y nos encaminamos a la salida.
         Nos fueron rendidos honores por los caballeros de la Aduana.
         Si los Gobiernos supiesen todo lo que pierden las más encantadoras ciudades por ser guardadas por los odiosos uniformes verdes que se encuentran en todas partes, estoy seguro que de común acuerdo abolirían gabelas y alcabalas.
         No obstante, puesto que estaban allí, juzgué oportuno utilizarles preguntándoles cuáles eran los vapores que estaban en el puerto y a qué pabellón pertenecían.
         Eran franceses y se llamaban Veloce y Acheron.
         Los dos venían de Tánger. (…)
         Ganamos las puertas de la ciudad, donde nos esperaba la verdadera Aduana; la anterior no había sido más que una escaramuza.
         Nuestro arsenal había despertado la susceptibilidad de los señores alcabaleros, que deseaban absolutamente saber a qué obedecía toda aquella cantidad de fusiles.
         En Cádiz no habían visto tanto armamento desde la toma del Trocadero.
         Nos habían dado en Sevilla la dirección de la fonda de Europa, asegurándonos que era la mejor de Cádiz. A ella nos hicimos, pues, conducir.
         Efectivamente; su aspecto, comparado con las horribles posadas de las dos Castillas, de la Mancha y de Andalucía, que ya conocíamos, era el de un verdadero palacio.
         Nos instalaron en el primer piso, en el mejor departamento del hotel. Apenas nos habíamos instalado subió un mozo a preguntarme si quería recibir al señor Vial, segundo teniente del Veloce. (…)
         Invitamos a comer al teniente Vial y aceptó con una franqueza que nos le hizo simpático; desde aquel momento comprendimos que íbamos a ser excelentes amigos.
         La comida estaba servida con un cierto aire francés que nos regocijó.
         (…)
                                                              XLII
         Tengo, ¡ay!, señora, que contarle algo muy triste, y sobre todo muy humillante.
         Acabamos de ser despedidos del Hotel de Europa por motivos de mala conducta.
         No he de decirle que debemos esta vergüenza a la pobre Julia.
         No quiero detallarle cuál es el nuevo Ulises a quien sigue la moderna sirena; pero lo cierto es que la madre no era más que un pretexto y Cádiz un recurso. (…)
         Ya le tengo explicado a usted, señora, cómo, obedeciendo a su amor, y quizá también un poco a su hambre, Julia se nos había reunido la víspera a la hora de comer y por la mañana a la hora de desayunar.
         Volvió después a la hora del almuerzo.
         Pero es preciso que sepa usted que España es un país de costumbres severas; los hoteleros, especialmente, son muy puritanos. El nuestro escandalizóse con esta triple visita y participó a Julia que no podía subir a vernos. (…)
         Hicimos comparecer al hotelero y le dirigimos una larga amonestación acerca del respeto debido a las mujeres. Creíamos que el pícaro se disculparía.
         Pero fue todo lo contrario; reclamó para sí toda la responsabilidad, declarando que lo que había hecho era indispensable para mantener el buen nombre de su hotel.
         Yo pedí majestuosamente la nota.
         El hotelero nos la presentó con un aire majestuoso idéntico al nuestro.
         Fue no pequeña fortuna que el digno hotelero fuese tan susceptible en punto al honor de su casa. En veinticuatro horas de estancia en el hotel la nota se elevaba ya a doscientos cincuenta francos. (…)
         Prorrumpimos en exclamaciones de asombro. (…)
         Es preciso declarar que los hoteleros españoles no conocen lo que nosotros llamamos tan sensatamente adición.
         Los hoteleros españoles presentan una cifra total y eso les basta. Como al Cid, hay que creerlos bajo su palabra.
         Desgraciadamente, nosotros éramos menos ricos que aquellos judíos de Burgos que prestaron a Don Rodrigo; encargamos, por tanto, a nuestro economista Maquet que negociase con el hotelero del Europa.
         Maquet regateó cincuenta francos sobre el total.
         Después de esto, como era ya demasiado tarde para procurarnos ayudantes, procedimos por nosotros mismos a cuidar de nuestro traslado.
         ¿Nos imagina usted, señora, desfilando por las calles de Cádiz, cada uno con sus bártulos en la mano, ni más ni menos que los saltimbanquis de nuestro querido señor Bilboquet, a excepción de la música? (…)
         Después de cierta vacilación, después de aquellas idas y venidas naturales en gentes que no conocen una ciudad, abordamos el Hotel de las Cuatro Naciones, donde fuimos recibidos por el gerente, los mozos, los marmitones y las doncellas.
         Nuestra aventura fue divulgada. El dueño de las Cuatro Naciones estaba, naturalmente, en rivalidad y competencia con el del Hotel de Europa. Tenía, por tanto, que ser con nosotros tan afable y cortés como descortés e intemperante fue el otro.
         Nos recibió, pues, señora, con todos los honores de guerra.
         Apenas aparecimos en la esquina de la calle, él, mozos y doncellas, se precipitaron hacia nosotros como una nube de pescadores sobre un banco de sardinas.
         Después cada uno emprendió su vuelo llevando algún bulto en la mano.
         Por un instante temimos que el demasiado cumplimiento nos fuese todavía más desventajoso que la negligencia; pero a la hora del recuento de nuestro equipaje nada hallamos en falta, dicho sea en honor a los dependientes del Hotel de las Cuatro Naciones. (…)
         Y ya que hemos concluido el relato de nuestras divagaciones, permítame que le hable un poco de la ciudad; apenas he visto hasta ahora algo más de lo que se ve yendo desde la posta a la fonda de Europa, de furibunda memoria; pero ya es bastante para formarse una idea general.
         Ante todo, Cádiz es la hija bienamada del sol; su ojo de fuego la cubre con sus más ardientes rayos, de suerte que la ciudad entera parece metida en la luz.
         Tres solos colores parecen requerir la vista: el azul del cielo, el blanco de las casas y el verde de las celosías. Pero ¡qué azul, qué blanco y qué verde! No hay cobalto, no hay ultramar, no hay zafiro comparable al azul; no hay nieve, no hay leche, no hay azúcar parecido al blanco; no hay esmeralda, no hay verde veronés, no hay verde gris que pueda compararse a este verde.
         De vez en cuando, a través de la reja de un balcón, asoman las ramas de una planta que yo no conocía y cuya flor se abre en la pared como una estrella de púrpura.
         No he visto en España en ninguna otra parte casas tan altas como en Cádiz; Cádiz no puede extenderse ni a derecha ni a izquierda y se ve obligada a ganar en altura lo que su islote le impide de amplitud; por ello cada una de sus casas se eleva sobre la punta del pie, una para mirar el puerto, otra el mar, esta Sevilla, aquella Tánger.
         Esta exigüidad del terreno hace las calles de Cádiz por lo menos tan estrechas como las de las demás ciudades españolas. Apresurémonos a decir que no están mejor empedradas.
         Pero la ventaja que presentan sobre las de las otras ciudades de España, y que no sé a qué atribuir, es que Cádiz es el único sitio donde he visto calles que parecen ir al cielo.
         ¿Comprende usted, señora? El extremo de estas calles de que le hablo da en el vacío, están limitadas por el infinito; este azul que se extiende entre dos líneas blancas aparece todavía más excesivo y brillante: es el azul absoluto.
         Todo esto es alegre, vivo, luminoso; todo esto procura la explicación de estas noches vibrantes de amor y serenata que hasta en España se llaman las noches de Cádiz.
         Esto aparte, nada hay que ver en Cádiz; ni monumentos, ni palacios, ni museos; una catedral de harto mal gusto y nada más. Pero lo que viene a buscarse a Cádiz es, como en Nápoles, este cielo azul, este mar azul, este aire transparente y limpio y este soplo de amor que el aire arrastra.
         Por esto gusta Cádiz sin saber por qué. Hemos andado de aquí a allá todo el día con nuestro amable cónsul, señor Huet, y aparte una encantadora dama, que nos ha recibido con una gracia del todo francesa y que mañana da un baile que expresamente me ha dedicado, me vería muy apurado para explicarle lo que he visto.
         Al pasar por una plaza, que debía ser la plaza de la Constitución, he entrado en Correos. (…)

                                                               XLIII
         Como esta mañana debíamos realizar un paseo alrededor de la bahía, hemos pasado la tarde visitando los almacenes de esteras.
         Las esteras son la especialidad de Cádiz.
         No conozco nada más lindo, más coqueto, más elegante que estas largas esteras blancas, suaves como telas, con bordados y dibujos rojos y negros. He adquirido no sé cuántos metros, que el Veloce tendrá la bondad de transportar a Argel, y allí me dolerá mucho si no encuentro modo de enviarlas a Francia. (…)

                                                         XLIV
                                                                                 A bordo del “Veloce”

(…) Ayer le escribía desde el Puerto de Santa María, mientras mis amigos, más curiosos que yo por estas cosas, visitaban las magníficas bodegas que son la riqueza de la población
         Desde el Puerto de Santa María, el vino de Jerez se derrama por el mundo gastronómico.
         Por eso, Puerto de Santa María es un verdadero lugar de peregrinación para los ingleses. Un vaporcito que va cada hora de Santa María a Cádiz conduce en cada viaje, si no un cargamento completo, por lo menos un muestrario de elegantes viajeros que, después de haberse detenido en Sanlúcar, quieren comparar el pajerete con el Jerez.
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                                                 Alejandro dumas, De París a Cádiz. Viaje por España (1847), Trad. de R. Marquina, Madrid, Espasa Calpe, 1929, tomo IV, págs. 138-167. Hay una edición reciente en Valencia, Pre Textos, 2002.

sábado, 12 de febrero de 2011

CÁDIZ vista por Hans Christian Andersen en 1862





Hans Christian Andersen (1805-1875) había deseado desde niño viajar a España, pero no pudo cumplir su deseo hasta 1862. España le supuso una gran decepción, en gran medida porque, pese a su fama, aquí nadie le conocía. Otra cosa es que a veces, o a menudo, la realidad no está a la altura de los más exaltados sueños. La ciudad de Cádiz no le gustó a Andersen, como él mismo explica. Venía de Tánger, hambriento de exotismo moruno, y sus recuerdos infantiles eran de épica pintoresca en relación con las guerras napoleónicas: nada de esto le ofreció una ciudad tranquila, limpia y comercial, donde por entonces no se conservaban monumentos "antiguos". Pero su testimonio tiene interés, y en medio de él hay una visión digna de un cuento.


A las cuatro y media anclamos en la bahía de Cádiz; pero todavía nos quedaban largas horas de espera hasta que el poco despabilado comité sanitario se presentase a tomar la documentación del capitán y nos permitiese desembarcar.
         Salió el sol, Cádiz se extendía ante nosotros, reluciente de blanca, con sus casas de tejados chatos que parecían esculpidas en tiza. Toda la bahía estaba llena de barcos; y un bote tras otro remaban hasta abordar nuestro buque y esperaban abajo dispuestos a arramblar con los pasajeros. El espacio de que disponíamos en cubierta menguaba por momentos; había dado comienzo la limpieza general; los marineros fregaban y aclaraban; hasta en la sala de máquinas se hacía un gran lavado, cosa que nosotros observábamos desde arriba; los fogoneros y los mozos de máquinas se habían desnudado y se estaban jabonando uno a otro echándose recíprocamente sucesivos cubos de agua por encima, tanto por limpiarse como por regocijarse.
         Por fin vimos la bandera roja y gualda de España ondear en el bote que traía al Comité de Sanidad; obtuvimos permiso para bajar a tierra; me extrañó que en Cádiz no tuviéramos, como en Valencia y Málaga, que enseñar los pasaportes; mientras que al entrar en España por tierras fronterizas y, luego, más tarde, saliendo con destino a Bayona, se nos pidieron los pasaportes y el pago de frontera. Tuve la impresión de que, viajando por mar, podría uno recorrerse España sin pasaporte, puesto que en el interior del país no le piden a uno nunca nada.
         El registro en la aduana fue muy ligero, y tras los habituales requerimientos por parte de remeros y mozos de cuerda, fuimos a parar a la “Fonda de París”, un hotel excelente en todos los sentidos.
         Cádiz me sorprendió por su extraordinaria limpieza, sus pintorescos edificios blancos y sus muchas astas de bandera; por lo demás, nada digno de mención ofrecía al forastero. Aquí no había ningún museo, ningún vestigio árabe de importancia; la muchedumbre de las calles no mostraba el carácter abigarrado que habíamos visto en Gibraltar; para nosotros, que veníamos de la costa marroquí, no había aquí nada nuevo ni nada exótico que nos sorprendiese; Cádiz no iba a agradarnos. Quizá nos hubiese gustado de haber llegado aquí por tierra, procedentes del norte; aunque una única maravilla sí la había: el mar fragoroso con sus gigantescas olas. La Alameda está bellamente situada y ofrece una hermosa vista sobre la amplia y despejada bahía, donde las altas olas luchaban contra el malecón; las gaviotas chillaban al volar por encima de las espumajeantes olas. Una multitud de embarcaciones de pesca, cual enormes pájaros con las alas extendidas, precipitábanse en dirección al puerto; barcos con las tremolantes banderas de las diversas nacionalidades esperaban anclados en la ensenada. En la Alameda vimos una larga fila de macizos de flores cercados por una reja, y en cada ángulo de la prolongada avenida, una palmera; tampoco faltaban aquí algunas estatuas. El viento soplaba bastante más frío que en África; sin embargo, todavía calentaba el sol, restaba algo de verano; pero Cádiz no llegó a despertar nuestras simpatías. Puede que la culpa fuese mía, o puede que de la ciudad en sí. Yo la contemplé desde la Alameda, desde el puerto, desde plazas y calles; la contemplé desde la ventana de mi hotel; enfrente de mis narices vi gente que andaba por los planos tejados, extendiendo las cuerdas y colgando las prendas de ropa más innombrables.
         Bueno, no pienso tan mal de Cádiz como he dicho; algo agradable también había aquí: nos esperaban ansiadas cartas de casa, y en Cádiz nos encontramos con dos compatriotas; uno de ellos, Frederick Zinn, de Copenhague, vivía aquí, precisamente en la casa de un hombre de negocios a quien se me había recomendado; y en la ensenada se encontraba anclada la nave “Dorotea”, perteneciente al mayorista Melchior. El capitán Harboe, encargado de la misma en tierra, había comentado a su oficial Hohlenberg, que acababa de ver en una calle de Cádiz a un hombre increíblemente parecido al poeta Andersen; casi se había acercado a hablarle, pero, claro, Andersen no podía estar en España. Más tarde nos saludamos e intercambiamos noticias de nuestra amada Dinamarca.
         Como todas las ciudades algo grandes en España, Cádiz posee un casino de lo más elegante, donde uno encuentra una rica variedad de periódicos nacionales y extranjeros; fuimos introducidos en él sin la menor dificultad.

         En 1835, cuando en Zaragoza el populacho comenzó a pegarles fuego a los conventos y a asesinar a los frailes, la rebelión se extendió desde allí al resto de España. Cádiz otorgó un plazo de cinco horas a sus frailes para que abandonasen sus monasterios, se instalaron guardias en el exterior para evitar la quema; el populacho se llevó los víveres, quemó el mobiliario y los libros, pero los muros permanecieron incólumes. Cádiz no muestra ruinas ni señales de violencia de aquella época, da la impresión de reinar aquí el orden y la limpieza, de ser una ciudad mercantil, donde no hay más romance que el del mar o el de los hermosos ojos andaluces, brillando en el rostro de las lindas damas, ataviadas con mantilla, que pasean por la Alameda; o el de aquellos ojos que en las hechiceras mujeres del puerto despiden ráfagas de fuego.
         Los contornos son increíblemente llanos; todo es arenas volantes, páramos y kilómetros de salinas; sobre la oscura superficie de tierra se elevan blanquísimas pirámides de sal. La zona no invita a excursiones; el único lugar cercano que nos propusieron como digno de ser visitado fue Jerez de la Frontera; pero no para admirar sus iglesias o monumentos históricos, sino para ver sus bodegas y probar la ricura de sus vinos.
         De Cádiz no hay mucho que contar; fue un pobre comienzo del viaje de regreso a nuestro país, iniciado ya en Tánger. España, hasta el momento, no me había inspirado un solo cuento con que complacer los deseos de mi amado círculo de pequeños lectores. Yo no querría defraudarles. ¿Qué no esperarían ellos que les contase? Tendría que contarles –y les contaré algún día- algo sobre las señoritas españolas, sobre las moscas españolas, sobre los pimientos españoles, sobre las varas de castigo españolas[1] y sobre la vegetación española; y aún podría añadir algo sobre la capa española, sobre los aventureros españoles, y sobre el vino español.

         Vagando por la ciudad, pasé ante un taller donde cepillaba un carpitero joven, cantaba tan contento; cantaba una tonada alemana, y cuando me dirigí a él en su lengua materna, su alegría subió de punto. Era rubio como un nórdico, con mejillas sonrosadas y ojos azules; procedía de un pueblo de Wurtemburgo e iba a casarse en Cádiz. Irradiaba felicidad y satisfacción, y eso que estaba cepillando un ataúd; aunque bien meditado, tampoco es tan triste la cosa. Cuatro tablas con un poco de terciopelo y oro que rápidamente se desgasta, son el reino postrero de un monarca; cuatro tablas nos esperan a todos, al más rico y al más pobre; llegamos desnudos al mundo, donde nos visten, de saco a unos, a otros de terciopelo; somos alumbrados por diferente luz. Cuatro tablas: un estuche de muerte, estuche para el cuerpo de desecho; ahí lo tenéis: nuestra vieja vestidura de tierra se tira con eso; pero, luego, nos ponemos otra mejor y más nueva; eso es estupendo.
         Estoy seguro de que tenían que ser esos los pensamientos del joven carpitero, al menos así eran los míos. Él cepillaba el ataúd, pero pensaría en la cama de novios. Este fue todo el botín romántico que conseguí en Cádiz. No niego que unos cuantos días de convivencia con los pastores de las llanuras del Guadalquivir, podrían haberme proporcionado más rica experiencia.
         Grandes barcos recorren las curvas del río navegable hasta Sevilla; antes de existir el tren, el camino fluvial era el más transitado. No dudo de que un viaje a caballo en compañía de un simpático contrabandista me hubiese dado tela para todo un libro. No hace muchos años que más de un joven andaluz acudía a Cádiz en busca de un glorioso papel en cualquier guerrilla de la guerra civil; seguro que su primera intervención, para demostrar su valor y desenvoltura, sería algún saqueo o una emboscada sin importancia, cosa que no comportaba deshonra alguna. Tal vez, en la calle o en el puerto, haya yo estado cerca de uno de esos célebres personajes, digno protagonista de una novela; pero, en ese caso, él no se dio a conocer, ni hizo como el joven carpintero: cepillar un ataúd; ni en otro modo desplegó ante mí el cuadro de su vida. Estoy seguro de que Cádiz esconde materia para una novela, pero el forastero no la ve. Hackländer, en su amena descripción de su viaje a través de España, llamó a Cádiz: “reina del mar en velo de viuda”, y por cierto, él, como yo, se refiere únicamente a la limpieza y blancura de las casas, a la perfección de sus balcones y a sus hermosas y sonrientes mujeres.
         Nos aconsejaron que tomásemos el tren en lugar del lento vapor para Sevilla; el Guadalquivir daba muchas vueltas y revueltas, y la única distracción consistía en contemplar las manadas de ganado que pastaban a sus orillas.
         Salimos en el tren de la tarde; los primeros kilómetros, el tren marchó a lo largo de la costa, contra la que rompían enormes olas. El paisaje era sorprendentemente plano. La zona de arenas volantes extendíase varias leguas a la redonda, adentrándose por los barrizales de sal, donde todo tenía aspecto de solitario desierto; pirámides de sal, de la misma traza que vimos en Cette, en Francia, se elevaban sobre la tierra parda. Nos detuvimos en un par de estaciones junto al mar. El paisaje tornábase más y más semejante a los páramos: palmeras enanas crecían allí como la más común maleza; a lo lejos, un inmenso pinar, el mayor que hasta entonces había visto en España, cubría las lomas. El sol se escondió; el cielo se tinó de púrpura, infinita superficie de oro parecía. Nos acercábamos a Jerez de la Frontera, ciudad de especial interés para los historiadores; en ella ganó, en el año 711, el joven guerrero Tarik, a la edad de veinte años, la victoria que, consolidada luego por el gobernador de Ceuta, sometió a España al poder del califato de los omeyas.

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Hans Christian Andersen, Viaje por España (1863), cap. XII, “Cádiz”, Traducción, epílogo y notas de Marisa Rey, Madrid, Alianza Editorial, 1988, págs. 163-169


[1]  Varas de castigo españolas: En danés “Spansk rör”. Se trata de un junco o caña, especialmente duro, que empleaban en los colegios para pegar a los niños.

jueves, 10 de febrero de 2011

CÁDIZ EN 1863, por Amós de Escalante


Durante muchos años, la estatua del obispo Silos Moreno, rodeada de innumerables palmeras, ocupó el centro de la plaza de la Catedral. A la derecha de la imagen aparece un carro con una inmensa cuba para el riego de plantas y árboles. (http://memoriadecadiz.es/2008/11/25/las-palmeras-de-la-plaza-de-la-catedral/)

Amós de Escalante, Del Manzanares al Darro (1863), cap. XII, Obras escogidas de don Amós de Escalante, vol. I, Madrid, Atlas, 1956, BAE nº 93, págs. 279-284.

lunes, 7 de febrero de 2011

CÁDIZ, por el barón Jean Charles Davillier con un dibujo de Gustave Doré

Este es el único dibujo que a Cádiz dedica Gustave Doré en el Viaje por España


En 1862, el pintor y dibujante Gustave Doré (1832-1883) convence al barón Jean Charles Davillier (1823-1883) para emprender juntos un largo viaje por España. Davillier, que ha había visitado la Península Ibérica en varias ocasiones, era a la sazón un competente hispanista, interesado principalmente en la cerámica, materia en la que llegó a convertirse en el mayor experto europeo de la época. Doré, animado por Davillier, acariciaba ya la idea de realizar una edición ilustrada del Quijote en Francia (actualmente, quizá la más conocida de cuantas circulan por el mundo) y, durante el extenso periplo por España, tomó centenares de excelentes bocetos. Davillier y Doré recorrieron en su travesía casi todo el país. Sus impresiones quedaron recogidas en un libro que apareció con el título L`Espagna en 1874 y los grabados se publicaron entre 1862 y 1873. Como escribía Antonina Rodrigo (El País, 5/9/1983, http://www.elpais.com), “los dos viajeros franceses iban, a recoger la última versión de la España romántica. El pintoresquismo que habían descubierto y explotado sus antecesores: Chateaubriand, Washington Irving, Prosper Merimé, Richard Ford, Henry D. Inglis, Mathew Gregory Lewis, David Robert, Teophile Gautier..., cambiaba de signo. El ferrocarril empezaba a. extender sus dominios, y poco a poco derrocaba a la diligencia, a la tartana, a la galera ... Los caminos ofrecían más seguridad y, para los amantes de lo imprevisto, era incierto el encuentro Con la folklórica partía de bandoleros. El traje típico se relegaba al pueblo llano, y pronto los obreros cambiarían de estilo con la proletaria blusa y la alpargata. Pero lo que, en plástica, iba a dar el cerrojazo al romanticismo era la imagen como documento”.



Cádiz es la ciudad más antigua de España y quizá de Europa. Más antigua, incluso, que la misma Roma. La Gaddir fenicia, que ya existía mil años antes de la era cristiana, se convirtió más tarde en la Gades de los romanos, y fue durante mucho tiempo la ciudad más floreciente de la Península Ibérica, una ciudad construida toda en mármol y centro de diversiones por excelencia. De los palacios de mármol no ha quedado la menor huella, pero siempre sigue siendo Cádiz tan alegre como Marcial nos la pintaba hace mil ochocientos años.
         Los españoles comparan a Cádiz con una taza de plata en el mar; sus altas casas, encaladas o pintadas de tonos suaves, brillan al sol como una corona de orfebrería bajo ese maravilloso cielo de Andalucía, ese cielo vestido de azul, como dice el refrán español:
         El cielo de Andalucía
         está vestido de azul.

         Las casas de Cádiz son muy altas, y casi todas tienen seis e incluso siete pisos, pues la ciudad, encerrada en un estrecho recinto fortificaciones, está obligada a ganar en altura lo que no puede alcanzar en extensión. Todas las casas, o casi todas, están rematadas por un mirador abierto y encima de él hay una azotea o una torre cuadrada, en lo alto de la cual se yergue un elevado palo. Las ventanas están pintadas de verde en su mayoría, lo que da a la ciudad un aspecto especialmente alegre. La mayor parte, sobre todo las del primer piso, están provistas de un mirador o galería de cristales que se abre en verano y  en el invierno se llena de flores.
         Los monumentos de Cádiz no tienen nada de notable, pues la mayoría datan del siglo XVII y son de un estilo mediocre. Uno se consuela fácilmente viendo esos adornos de tan mal gusto cubiertos por innumerables capas de estuco.
         Hay pocas ciudades en España que sean tan vivas y animadas como Cádiz. Al atardecer, dando algunas vueltas por la alameda, puede uno convencerse de que sigue siendo la jocosa Gades de antaño. Hay que leer a Marcial para hacerse una idea de lo que fue esta ciudad en la época romana. “Las grandes riquezas –dice un antiguo autor− habían introducido en ella un gran lujo. Esto traía como consecuencia que las hijas de Cádiz fuesen buscadas en los festejos públicos, tanto por su habilidad en tocar diferentes instrumentos, como por su buen humor, que era más fino que la mera alegría”.
         Las improbae gaditanae, como las llama Marcial, ya eran célebres en el mundo entero por sus danzas y por su destreza en hacer repiquetear la baetica crusmata, que no era otra cosa que las modernas castañuelas, y que todavía sirven de obligado acompañamiento en el ole gaditano, esa danza tan completamente andaluza. “La orgullosa Sevilla es bella –dijo lord Byron es su Childe Harold−, pero Cádiz, que se alza en la lejana costa, es aún más atractiva. Cuando Paphos cayó destruida por el tiempo, los placeres huyeron para buscar otro ambiente tan hermoso, y Venus, siempre fiel al mar que fue su cuna, Venus, la inconstante, se dignó escoger a Cádiz como su morada y fijar su culto en la ciudad de las blancas murallas. Sus misterios se celebran en mil templos. Se le han consagrado mil altares, donde el fuego divino se conserva eternamente”.
         Nos gusta pensar que, por fortuna para las damas de Cádiz, esta apreciación del poeta inglés no es más exacta que su descripción de una corrida que vio en la plaza de toros: “Ese juego bárbaro que reúne a menudo a las hijas de Cádiz y hace las delicias del pastor español”. Este pasaje se nos vino a la mente en medio de una corrida bastante buena que dieron durante nuestra estancia en Cádiz. Seguramente que lord Byron no era un consumado aficionado. En el mismo canto de Childe Harold llama al toro “el rey de los bosques”, a ese toro que solo ha visto llanuras sin árboles. Los pobres matalones medio muertos que no se compran más  que por el valor de su piel, y a los que se empuja hacia la muerte después de haberles vendado un ojo con un pañuelo de algodón, se convierten en “nobles corceles que retozan con gracia y saben desviarse” y del ágil matador dice que “su arma es un venablo, solo combate de lejos”.
         ¿Qué diría nuestro amigo  el Tato y su suegro Cúchares si supieran que han acusado a sus predecesores de combatir solo de lejos y que se ha convertido en lanzamiento la flexible espada, que solo abandonan sus manos cuando el toro se precipita rozando su pecho?
         Pero volvamos a la alameda y a sus palmeras, que han inspirado a Victor Hugo:
         Cadiz e ses palmiers;
Murcie, ses oranges;
Jaen, son palais
gothique aux tourelles étranges…

         Desgraciadamente, las palmeras de la alameda, sin duda demasiado expuestas a los  vientos del mar, solo tienen el tronco y recuerdan, poco más o menos, aves zancudas que hubieran perdido sus plumas. Pero es este un detalle que las bellas gaditanas hacen olvidar enseguida. En Cádiz es donde hay que ver a la Andalucía alegre, reidora y animada; aquí es donde abunda el  meneo, la sal, la sandunga, privilegio exclusivo de las andaluzas. Las mujeres de Cádiz acuden a la alameda menos por ver ellas que por que se las mire y admire. Puede decirse con el poeta que son hábiles en el arte de mirar de reojo. En verdad que no nos atreveríamos a decir con él que están siempre dispuestas a curar las heridas que hacen sus miradas. Pero creemos de buena gana que ha sido creada para las gaditanas una de las palabras más expresivas de la lengua española: el verbo ojear.
         La época de la basquiña y de la falda corta ha pasado; la mantilla es la única prenda del traje femenino que ha permanecido. Era muy estimada hace doscientos años, si hemos de creer a una francesa que viajaba por España bajo el reinado de Luis XIV. “Las mantillas –dice Mme. D´Aulnoy− hacen el mismo efecto que nuestros chales de tafetán negro, salvo que sientan mejor y que son más anchas y más largas; de manera que cuando quieren se las echan por la cabeza y se cubren con ellas la cara”.
         Pero si su falda se ha alargado, no son menos diestras las damas de Cádiz en dejar asomar un pequeño pie, estrecho y arqueado; uno de esos pies que han dado origen a la antigua fórmula: beso a Vm. los pies.
         Una de las particularidades de Cádiz es el gran número de confiterías que  se encuentra uno por  las calles de  la ciudad; abundan en ellas las golosinas más variadas, desde los cabellos de ángel hasta los esponjados o azucarillos. Todas estas confiterías hacen las delicias de las andaluzas, y si hemos de creer todavía a Mme. d´Aulnoy, ese pequeño pecado les viene de sus abuelos, que también tenían marcada predilección por los dulces.
         “Hay señoras ancianas que después de haber comido hasta reventar tienen cinco o seis pañuelos que llevan a propósito y los llenan de dulces. Aunque se las esté observando, no disimulan, pues tienen la honradez de tomar todos los que quieren e incluso de ir a buscar más”. Atan los pañuelos con cordones alrededor de su tontillo y semeja el gancho de una despensa, en donde se cuelgue la caza.
         No hay que olvidar entre las mujeres de Cádiz a la cigarrera. Así se llaman las mozas, jóvenes en su mayoría, que trabajan en gran número en la fábrica de tabacos. La fábrica de Cádiz es mucho menos importante que la de Sevilla, que ocupa ella sola a muchos miles de mujeres.
         La cigarrera andaluza es un tipo aparte que estudiaremos más detenidamente en Sevilla, y solo anotamos de pasada la de Cádiz, aunque esta tenga también su personalidad y sus méritos particulares, si hemos de creer una hojita impresa en Carmona con el título de Jocosa relación de las cigarreras de Cádiz.
         El puerto de Cádiz es quizá el más animado de todos los puertos españoles; atracan en él muy frecuentemente barcos de los países más lejanos, y parece que todas las naciones del mundo se han dado cita en el muelle: barquitas de muchos colores esperan a los viajeros que quieren embarcarse para el Puerto, y los marineros los llaman y los animan con las andaluzadas más divertidas.
         El marinero andaluz, y el de Cádiz en particular, aunque haya sido menos explotado en los romances de salón que el gondolero de Venecia y el barcaiuolo napolitano, no es un tipo menos interesante que ellos; como estos, tienen también sus barcarolas, que en Andalucía se llaman playeras y van acompañadas de guitarra y de bandurria. Una de las playeras más bonitas que conocemos es la Canción divertida del curriyo marinero. Curro, currito, curriyo son expresiones que pertenecen al dialecto andaluz y que no se pueden traducir al francés:  es  el nombre que la maja da a su querido:
         Según las  señales veo,
         va a moverse un temporal,
         pero ya perdí er mieo
         y te ayudaré a remar.
         Los dos a la par bogamos,
         no pierdas, Curro, el compás.
         Boga a prisa, Curro mío,
         que  me güervo a marear.

         Salimos de Cádiz una fresca mañana en una de esas barquitas de mástil corto y larga vela latina que los andaluces llaman falúas y que estaba adornada por delante con dos grandes ojos pintados de rojo como un speronare siciliano. Un fresco viento hinchó pronto nuestra blanca vela, y la falúa surcó rápidamente las aguas azules y transparentes de la bahía de Cádiz. El Puerto, donde debíamos desembarcar, solo está a dos o tres leguas  de Cádiz. Ya divisábamos sus casas, que se dibujaban como una línea blanca entre el azul del cielo y el del mar, y más lejos, en la costa, Rota, célebre por sus vinos. Pronto dejamos a la izquierda la Puntilla y la batería de Santa Catalina, y unos instantes después abordaba nuestra falúa en el muelle, lleno de barcos cargados con toneles de todos los tamaños.
         El Puerto, que también llaman Puerto de Santa María, está situado en la desembocadura del Guadalete, que va a verter sus aguas en la bahía de Cádiz. Es el almacén y el puerto de embarque de los vinos de Jerez. La ciudad, que es blanca, alegre y limpia, es como un Cádiz diminuto. Visitamos sus bodegas, grandes cuevas anticipo de las de Jerez, y su plaza de toros, una de las mejores de toda España y mucho más frecuentada por los aficionados que la de Cádiz.
         Los toros del Puerto es el título de una canción andaluza, popular en toda España y que pinta maravillosamente el entusiasmo de los habitantes de Cádiz por la fiesta nacional:
                  ¿Quién se embarca para el Puerto?
         Tal es el estribillo de la canción.
                  ¡Que se larga mi falúa!,
grita el marinero; después, dirigiéndose a una joven andaluza que va a entrar en la barca:
                            Señorita,
         levantusté esa patita
         y sartusté a este barquito!
         No se le ponga a usté tuerto
         el molde de ese moniyo!
        
         Para ir a Jerez, alquilamos una de esas calesas andaluzas que se parecen bastante a los corricoli de Nápoles. La nuestra, que debía datar de los primeros años de este siglo, estaba montaba sobre inmensas ruedas, y la caja estaba adornada con amorcillos pintados en rosa sobre un verde que debió haber sido verde pálido. Nos apretujamos tres en este vehículo, en el que apenas cabía una persona. Después de algunas sacudidas, atravesamos el Guadalete e hicimos nuestra entrada en Jerez.
         El calesero que conducía nuestra pintoresca carroza era, según nos dijo, a poco de iniciada nuestra conversación, hijo de Jerez. Nunca hasta entonces habíamos encontrado una muestra tan completa del andaluz locuaz, hablador y fanfarrón, y sin embargo, este tipo no es nada raro en el país. Nos divertíamos, pues, en hacer hablar a nuestro jerezano, que, por lo demás, no necesitaba que le animásemos, pues se puso a contarnos sus hazañas sin dejarnos colocar ni una sola palabra: “Cuando yo era joven –nos decía− no le temía ni a un regimiento entero; yo sabía hacer pagar a los jugadores el barato mejor que nadie, y los majos más bravos, en cuanto me veían, se ponían más suaves que el almíbar. Y cuando por la tarde iba a hablar con mi chica, que me esperaba a la reja, ningún mozo, si quería conservar sus orejas, se habría atrevido a pasar por la calle”.
         Los jerezanos gozan, entre los demás andaluces, de una justa reputación de charlatanes. Nuestro calesero no dejaba nada que desear a este respecto, y tal vez había servido de modelo para aquella Relación andaluza, tan popular en el país, donde se celebran en versos de ocho sílabas las Hazañas, hechos y valentías de Pepillo el Jerezano.
         Los andaluces, que no tienen escrúpulo alguno en reconocerse como los mayores charlatanes de toda España, sobresalen en pintarse a sí mismos, y a fotografiar, por así decir, sus fanfarronadas del natural. Y saben hacerlo con mucha gracia, ingenio y fina sencillez. (…)

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Gustavo Doré & Charles Davillier, Viaje por España (1874), vol. 1, Madrid, Ediciones Grech, 1988, cap. XVI, “Cádiz, Jerez y la Bética”, págs. 357-364.