Mostrando entradas con la etiqueta CÁDIZ - MEMORIAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CÁDIZ - MEMORIAS. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de enero de 2013

Cádiz y el flamenco en Las mil y una historias de Pericón de Cádiz

Cádiz y el flamenco en 
Las mil y una historias de Pericón de Cádiz


    Os imagináis un torrente de ojos, manos, ritmo, gracia, dolor, bondad, arte, impulsado por y entre los testimonios de un hombre que en su infancia capitán fue de doscientos chiquillos, que padeció de las hambres y subió a la gloria del bien decir el cante...
   Y os lo imagináis refiriendo un mundo sobrecogedor que levanta sobre la constancia de la pobreza y la necesidad monumentos que son gentes, que son realidades volando, que son cantes...
José Luis Ortiz Nuevo



El Pericón de Cádiz - alegrías con la guitarra de Félix de Utrera

...
qué murmuraito son
lo pasito que yo doy
y qué murmuraito son
y otro tropiezan y caen
y no se los murmuro tío
y a la botica
no vaya sola
que el boticario gasta pistola
...
...
   Juan Martínez, "Pericón de Cádiz", difiere en mi recuerdo de todos los otros cantaores a quienes conozco, he tratado o visto, porque él queda inscrito en un marco especial, el marco memorable de la infancia, y encuadrado entre sus imágenes dentro de un contexto casi familiar, ya que mi padre, médico del barrio gaditano de La Viña, le ha contado entre su clientela durante años, lo ha atendido profesionalmente más de una vez y han sido muchas las referencias interesantes, curiosas o divertidas que ha oído de sus labios sobre el arte y el mundo flamencos. Por ejemplo, sabiéndolo aficionado al bel canto, Pericón le dijo un día:
   –Don Manué, pues no crea usté que hay tanta diferencia entre la ópera y el flamenco. Lo que pasa es que en la ópera to' va p'arriba, y el flamenco, to' p'abajo.
...
  

Flamenco opera fusión

–Ese es Pericón, el cantaor –me indicaba mi padre.
   Y de algún modo, al contemplarlo en alas de aquel anuncio entre admirativo y afectuoso, y como en la canción de Alberti sobre el cometa Halley y, "ya era yo lo que no era", ya latía en uno el calor de una afición que el tiempo solo iba a acrecentar.
   Pero entonces nunca lo oí cantar. Fue mucho más tarde, a los diecisiete o dieciocho años, cuando una noche, y en unión del Pontífice Aurelio, me deslicé no sé cómo en La Privadilla, y recibí –para siempre– el doble aletazo de gracia y prestancia juntas con que Pericón adoba sus cantes, aparte de una impresión complementaria, más racional que emotiva: la de su maestría, su oficio, sus saberes, imponiéndose quizás a todo.

Fernando Quiñones







Las calles de Cádiz
   Cuando acabó la guerra me llamaron pa' Las calles de Cádiz, y ahí estuve cinco años, dándole la vuelta a España. Anteriormente ya habían sacao este espectáculo, que entonces fue cuando llevaron a Ignacio Espeleta, haciendo el papel de zapatero, que luego me dieron a mí. […] Y to' el espectáculo estaba basa o en una cosa verdá del barrio Santa María.
Había allí un zapatero que cantaba mu' bien, y cuando los tocaores salían de las fiestas, ya por la mañana, llegaban a dar una recalá a casa del maestro zapatero:
   –Maestro, ¿Cómo está usté?
   –Hombre, aquí andamos; siéntate un ratito y charlamos un poco.
   –Pues na', que vengo de una fiesta y antes de irme pá mi casa he querío venir a saludarlo.
   –Bueno, hombre, bueno; vamos a tomarnos media botella.
   Y allí, en la zapatería, con la media botella, el tocaor sacaba la guitarra, hacía unas cosas; se animaba el maestro zapatero, emprincipiaba a cantar; las gitanas del barrio se acercaban, haciendo palmas y bailando …, y ya estaba la juerga armá …
   Y exactamente igual estaba monta o lo de Las calles de Cádiz: salía yo sentao en la zapatería, vestí o de zapatero, y mientras se levantan el telón, Pepe Pinto, con una peluca de chiquillo, salía cantando fandangos. Cuando ya estaba el telón arriba, emprincipiaba yo a cantar unos tangos de Cádiz, los de la plaza la Catedral:
es un verdadero encanto,
 porque se remea mucho
a Melilla con sus campos:
tiene su zoco y mezquita,
infinidá de plameras,
y con el tiempo tendrá
catorce o quince chumberas;
y para más semjanza
debían de colocar,
en vez de Silos Moreno,
la cabeza del sultán.

La plaza de la Catedral era Melilla
Ya lo dijo el Tío de la Tiza y lo metió por tangos Manolo Vargas: la plaza de la Catedral era un verdadero encanto porque se parecía a Melilla con sus campos. Y es que además de las palmeras tenía dos tiendas, “El Zoco” y “La Mezquita”. Aquí está la primera, en el número 10, debajo de la placa de Gravina. Aparecen dependientes, parroquianos y hasta un sufrido chicuco con las mangas recogidas para fregar los vasos en la pileta. A la derecha del todo, sentado  y junto a un niño, el bornicho Juan Álvarez Real.
"Memoria de Cádiz" - Diario de Cádiz


…Ignacio Ezpeleta
Allí, en Cádiz, teníamos una peña formá na' más que pa' escuchar a Ignacio, y toas las tardes, a la hora de tomar café, nos juntábamos en el Turisbar unos cuantos amigos: Aurelio, paco Añote, Capinetti, Charol, yo y otros tres o cuatro más, y esperábamos a que llegara Ignacio pa' oírlo.




Chano Lobato

Chano Lobato es, en la actualidad,  el más firme baluarte de la generación del 27 generación cantaora gaditana posterior a Aurelio Selles, Pericón y El Flecha. Tras una dilatada trayectoria artística, cantando al baile a las primeras figuras, entre algunas de ellas a Matilde Coral. 
El magisterio de Chano Lobato, bien lo tiene merecido. Se ha pasado toda una vida evocando a Pericón, al Beni de Cádiz o a ese Servicio Andaluz de Salud de su gracia, de cuya lista de espera la forman Aurelio el Tuerto, Caracol el del Bulto y el Cojo Peroche.
Chano Lobato conoció el Cádiz de los flamencos de coches de caballos, o la Sevilla del cuadro flamenco del patio andaluz del Duque. Allí cursó su master de “Embustes”, que empieza por su propio nombre. No es ni Chano ni Lobato: porque su nombre de pila es Juan Ramírez Sarabia.
Entre cante y cante allí, es cuando Chano cuenta los mil y un embustes de su realismo mágico. La novela, ¿Qué es, sino un largo embuste, una ficción? Porque narra dos historias de Ignacio Ezpeleta perfectas. Cuando García Lorca le preguntó a Ignacio Ezpeleta oye Ignacio tú en qué trabajaba, Ignacio le respondió con toda dignidad:”Yo soy de Cádiz”. Contándolo Chano es una superproducción de arte, Chano se burla de todos.





elafinadordenoticias.blogspot.com.es 

Y nunca había trabajao en un teatro
Lo de Las calles de Cádiz la primera que lo sacó fue la Argentinita. Y Sánchez Mejías, como conocía de hablar con Ignacio pa' que hiciera el papel de zapatero.
   Y cuando llegaron a París y se levantó el telón del teatro, na' más salir él de pie, con la horma y el martillo, le dieron una ovación de miedo, y nunca había trabajao en un teatro.
   Que por cierto ahí también hizo de las suyas…
   me contaba a mí Rafael Ortega que una de las noches faltaban cinco minutos pa' empezar y no aparecía Ignacio por ninguna parte; era una noche de verano con un calor tremendo, y claro, como Rafael lo conocía, se fue derecho al cuarto de baño, y allí se lo encontró en cueros metío en la bañera:
   –Hombre, Ignacio, que ya es la hora.
   –¿La hora? Pero ¿vamos a salir ahí con la calor que hace?…



Chano Lobato - Historia del "titiritan"


El flamenco es un arte, el flamenco es una fiesta".
Festival d'Arte Flamenco

Tirititran tran tran tran...
tirititran tran tran tran...
tirititran tran tran tran...
tirititran tran tran ...(BIS)

ALEGRIAS DE CADIZ (Alegria)

A mí me da
la sirena de los barco
escalofríos a mí me da
la sirenita de los barco
que cuando dicen ay que se van
la sirena de los barco
ay cuando dicen  que se van

En ese tren chiquetito 
de Matagorda
que pa arrancar se hacen falta
parmitas sordas
si no hay salero prima
si no hay salero
se duerme el maquinista
y el fogonero

No paran de llamarme
Ay tan alegre marinera
nunca paran de llamarme
Ay por las calle de la Isla
las campanita del Carmen

por las calle de la Isla
las campanita 
ay del Carmen


Ostione y bocas 
de San Fernando
y un vino chiclanero 
pa rociarlo
que maravilla prima
que maravilla
que hasta a San Pedro le gutan 
las cañaillas

Chiclana y el Trocaero
Ay Puerto Real y la isla
Chiclana y el Trocaero
donde se crían las alga
y los pescaito de estero

donde se crían las alga
los pescaito ay de estero


Cuando se entra en Cai
por la Bahía 
se entra
en el paraíso de la alegría
de la alegría niña de la alegría
cuando se entra en Cai 
por la Bahía



















                                                                                                                                                                  Fotos: Fran Montes - fotógrafo

martes, 3 de enero de 2012

Cádiz durante la Guerra de la Independencia en "Cómo se pasaba el tiempo en una ciudad sitiada" de Antonio Alcalá Galiano

Fortaleza de la Cortadura - Cádiz - 1812

Cómo se pasaba el tiempo en una ciudad sitiada

No vayan a creer mis lectores que al escribir las siguientes páginas me propongo contar hechos heroicos, ni crean que recomiendo la estancia en una plaza fuerte, verdaderamente sitiada y combatida, como una situación halagüeña. Intento, al refrescar en la mente antiguas memorias y pasarlas a la pluma, y de ella a la estampa, poner a la vista de la generación presente algunas escenas del singular drama que se representaba en Cádiz cuando estaba al frente, en la opuesta costa, el Ejército enemigo, […] a los moradores en Cádiz y la vecina isla de León (hoy ciudad de San Fernando) cupo en suerte un buen pasar a corta distancia de los fuegos de un contrario poderoso.
        Ni con esto pienso rebajar el mérito contraído por una ciudad de que soy hijo, a la cual conservo amor entrañable. […]
         Si algo podía disminuir el valor de la animosa resolución de defenderse, era la firme fe de que Cádiz y aun la isla eran inexpugnables. […]
En cuanto a la ocasión de que voy hablando, se veía el puente de Suazo echado sobre un brazo de mar con agua harto profunda; baterías rasantes a los lados del extremo que va al continente; alrededor, por la parte de afuera, salinas pantanosas, donde sólo puede andarse por angostísimos pasos conocidos sólo de los salineros, y fuera de los cuales perece hundiéndose quien temerariamente se arroja a pisar el terreno engañoso; y se colegía de todo ello, no sin razón, pues acreditó después la experiencia ser muy fundada la confianza, que obstáculos tales no podían ser vencidos por los agresores. Pero se olvidaba que la ciencia y el valor en la guerra superan los más formidables, y que para la defensa de puntos, aun siendo fortísimos, se ha menester gente numerosa que los presidie. Esto faltaba en Cádiz, y porque inesperadamente fue suplida esta falta, pudo la isla gaditana tener al frente al poderosísimo enemigo durante treinta meses y días, sin peligro casi, con pocos inconvenientes, y de modo tal que la vida allí vino a ser no meramente tranquila y cómoda, sino agradable y divertida.
         Fuese como fuese, aun con la escasa fuerza que había en Cádiz y la isla de León, comenzó a prepararse la defensa. […]
Para ello había sido trazada y empezaba a levantarse la Cortadura, que ya he descrito en otro artículo de estos mis recuerdos. Poco se había adelantado en ella desde que, once meses antes, había sido teatro donde fue representada la escena de la supuesta traición descubierta y del fácil vencimiento de los polacros, El lienzo de cantería estaba hecho, así en la parte de la cortina como en la de los baluartes, pero por otras nada había, faltando aún el terraplén o piso de la muralla.
         A remediar tales males o peligros acudió solícito todo el vecindario de Cádiz; quiero decir, todos los vecinos varones y no impedidos. Era de ver el gentío que poblaba las afueras de aquella linda ciudad, todo él compuesto de trabajadores aficionados. Como sucede en ocasiones semejantes, reinaba entre el bullicio la alegría, sin que pensase en que la causa de tal concurrencia más era para dolerse que para alegrarse. […]
Hombres de todas las edades, cuyos vestidos declaraban ser su condición y situación en la vida social, cuando menos acomodada, formando cadena, pasaban de mano en mano espuertas llenas de tierra, revueltos con gente de inferior clase para la cual era más fácil, aunque en ellas no fuese costumbre, tal trabajo. […]

         Febrero, marzo y parte de abril fueron para las dos poblaciones asediadas una época de tranquilidad. Algo molestó al principio la carestía, pero cesó pronto, recibiéndose toda clase de auxilios de lugares vecinos y lejanos y de tierras extrañas. […]
Era la política el principal alimento de la conversación; pero la política para las más de las gentes se reducía a pensar y hablar de los sucesos de las gentes, pues antes de juntarse las Cortes, las cuestiones sobre materias constitucionales, que poco después embebieron tanto la atención, de escaso número de gentes eran conocidas.
         La calle Ancha, por las mañanas; la inmediata plaza de San Antonio, cuando era posible pasear en ella al sol, o según la frase española, que tanto golpe da a los extranjeros, tomar el sol, y la alameda, pobre y fea entonces, pero con deliciosas vistas, estaban atestadas de gente. La hora de comer para la de la clase superior o acomodada vino por aquellos días a ser la de las tres de la tarde, ya dadas. Así, el gentío de ociosos de buen porte, que a la hora antes indicada charlaba y fumaba en la misma plaza de San Antonio o en sus inmediaciones, al sonar tres campanadas del reloj de la parroquia que lleva el nombre del mismo santo se dispersaba, yéndose todos en busca de lo que lo general de españoles llama la puchera, y a que dan los andaluces por nombre la olla; pero sin añadirle el epíteto de podrida, que sólo a ciertas ollas cuadra. […]
          Dicho dejo que con atender a las cosas de las Cortes empezó un entretenimiento nuevo, que llamó otros. En efecto, venido el Congreso a Cádiz, en febrero de 1811, puede decirse que fue su venida principio de la segunda parte del drama representado en aquella población sitiada o bloqueada. Hasta para variar, vinieron las bombas o granadas como a dar aviso de que estábamos en guerra y con el enemigo cercano, pero con las bombas vinieron a multiplicarse las diversiones, abriéndose el teatro y celebrándose fiestas de diversas clases al aire libre; […]
         Pero a criaturas que viven incómodas se hace necesario procurar distracciones. En ello se ocupó la autoridad. En el lugar más lejano del alcance de los fuegos enemigos, se puso al modo de una feria. Había, además, allí un tablado para música instrumental y vocal, que servía con frecuencia al fin a que estaba destinado. También se formó una como plaza donde se corrió por la sortija. […] En medio de todo ello no eran desatendidos los pobres. Como de éstos había y hay muchos en el barrio llamado de Santa María, de los menos distantes de la línea enemiga, se formó delante de la casa Hospicio, y a corto trecho del lugar de las diversiones, un campamento en cuyas tiendas de lona tenían albergue muchas familias, […]
         No me acuerdo si fue el 30 o 31 de julio cuando llegó al Gobierno la noticia de la victoria alcanzada por el Ejército inglés en la jornada dicha por los vencidos de los Arapiles y por los vencedores de Salamanca. Era a mediodía; la noticia corrió veloz por la población; sonaron exclamaciones altas, y unánimes; celebrose con salva el triunfo; respondieron al saludo con sus granadas los enemigos, y a cada tiro de éstos, correspondía por nuestra parte un grito de alegría y desprecio. […]
        Como dentro de una semana, poco más o menos (en la noche del 24 al 25 de agosto de 1812), habiendo ya cesado los disparos en la tarde, el ruido de repetidas explosiones anunciaba que se estaban poniendo en retirada los sitiadores; suceso ya esperado. […]
        ¡Rara condición la del hombre! El vernos libres del sitio no trajo consigo toda la alegría propia de tan fausto acontecimiento.
        A quienes se ha acostumbrado a la agitación parecen la paz y tranquilidad una situación fastidiosa. Así es que a los pocos días de levantado el sitio, vueltas las gentes a sus comodidades acostumbradas, era frecuente decir:
        “Gracias a Dios que nos vemos libres de franceses y de bombas, pero hay que confesar que la vida ahora es algo pesada, y que en los últimos apuros del sitio era muy divertida. Casi hace falta el oír sonar una campana que sirva de anunciar la venida de una bomba”. Así éramos las personas de 1812; así serían las de ahora puestas en iguales circunstancias.

___________________________________________________________________________________

Antonio Alcalá Galeano, Recuerdos de un anciano (2009), Barcelona, Crítica, "Cómo se pasaba el tiempo en una ciudad sitiada", pp. 197-284.
Texto completo: http://es.scribd.com/collections/3412392/Antonio-Alcala-Galiano-Recuerdos-de-un-anciano

viernes, 7 de enero de 2011

CÁDIZ en TIEMPO DE GUERRAS PERDIDAS, de José Manuel Caballero Bonald

Plaza de la Candelaria, Cádiz


8. ESOS DESCONOCIDOS CON LOS QUE CONVIVES
                Con Cádiz he mantenido desde siempre unas relaciones de convivencia irreprochables. Es como si se tratase de una ciudad especialmente diseñada para satisfacer mis gustos en materia urbanística y aun las exigencias de mi sensibilidad. Me refiero sobre todo a aquellos años centrales de la década de los 40, cuando aún no había aparecido intramuros de la ciudad más que algún aislado adefesio arquitectónico. Luego ya las cosas sucedieron de otra inevitable manera. […]
A la traza de Cádiz le viene ciertamente bien el muy socorrido símil de navío fondeado. En cualquier dirección que se vaya, siempre se termina yendo al mar, que es como el compendio sensitivo del cuerpo de Cádiz: su historia, su industria, su mitología, su peligro, su orgullo. Confín del mundo occidental, bastión del no más allá de las columnas de Hércules, Cádiz fue asimismo cabeza de puente de las Indias, encrucijada de las rutas comerciales ultramarinas. Pero su cultura, el más remoto ingrediente de su personalidad, le llega del fondo del Mediterráneo: de los viajantes de comercio de Tiro, de las expansiones clásicas de Grecia y Roma y, antes aún, de los turdetanos y los sirios que arribaron a estas orillas desde los inciertos confines de la historia. El hecho de que fueran esos navegantes fenicios quienes fundaran Gadir hace unos tres mil años –poco después de la homérica caída de Troya− debe constituir sin duda un referente psicológico nada desdeñable.
                En Cádiz, si bien se mira, hay por lo menos tres Cádiz: el antiguo, que va de los fenicios a los romanos; el que llega de un salto al neoclasicismo, y el que todavía anda gestándose. No es que estén superpuestos, aunque también pueden estarlo de cierta desordenada manera, es que se cruzan a medio camino entre la leyenda y la historia, lo cual no deja de ser una conjetura literaria bastante manoseada. A la ciudad antigua, con ser tan eminente, apenas se la ve, o sólo se la ve excavando en solares imposibles o acercándose al museo arqueológico. Tampoco asoma por ningún sitio el Cádiz medieval, un enigmático paréntesis en que la ciudad parece ir a la deriva por no se sabe qué mar tenebroso, sin dejar más rastro que el de su poco explicable desvanecimiento. Lo único que se advierte a simple vista es que buena parte de Cádiz, tal como hoy prevalece, está anclada en el siglo XVIII, que es cuando adquiere su máxima preponderancia a raíz del monopolio del comercio con las Indias. Cuentan las crónicas que había entonces en la ciudad un teatro permanente de ópera italiana y otro donde se representaban exclusivamente obras en francés. No en vano disponía Cádiz por esas fechas del índice de lectores más elevado del país y se ufanaba de ser un privilegiado nudo de enlace cultural –y económico− entre Europa y América.
                Los gaditanos disfrutan de un modelo vital donde se decantan, en cierto modo, los supuestos estatutos de esa entelequia llamada sabiduría popular andaluza, que viene a consistir en una mezcla desigualmente dosificada de cachondeo por libre, estricta civilización y arenas movedizas. Aparte de su muy aireada tradición liberal, la gente de aquí suele ser muy dadivosa, muy desenvuelta y comunicativa, muy bien dotada para limar toda clase de asperezas. Es fama que en Cádiz nadie se inmiscuye en la vida de nadie y que la frontera de la libertad del prójimo sólo se atraviesa a efectos humorísticos. El gracejo, como tal síntesis de elocuencias imaginativas –objeto de tantas groseras falsificaciones− alcanza aquí una peculiar movilidad. No es un alarde de ingenio, aunque también lo sea, es sobre todo un estado de ánimo, la exteriorización de un carácter refinado y ocurrente. Algo así como un ejercicio de agudeza mental que acaba contagiando al no iniciado, integrándolo en un juego bastante vistoso.
                Un buen sistema para entrever indiscretamente la airosa personalidad de Cádiz es andar de fisgoneo por sus edificios civiles, allí donde la caoba y el mármol definen todo un sólido estilo de vida: la espléndida piedra traída de Italia y la rica madera llegada de las Indias como lastre en los cargueros que volvían de vacío. Los despachos, con su reproducción del último clíper que cruzó el Atlántico y el Lloyd´s Register sobre la consola isabelina, huelen todavía a especias coloniales, a café de Brasil, a tabaco habano. Un olor a ultramar que aún parece sustituir a la otra copiosa gama de olores locales, los que bullen por esas esquinas donde los cañones y espingardas que frenaron al francés se usan a manera de guardacantones. Muchas de esas casonas tienen traza palaciega, aunque son pocas ya las que siguen habitadas por sus dueños. Hay una en pleno centro urbano que consta aproximadamente de setenta habitaciones. Hasta hace poco vivía allí una anciana y solitaria dama, pero la escasez de servicio la obligó a recluirse en unas pocas dependencias, prescindiendo del resto de la mansión. De cuando en cuando, la anciana decidía cambiar de zona habitable, y organizaba una auténtica mudanza a través de la inmensa casa vacía, seguida de una procesión de ganapanes portando baúles y enseres. El espectáculo debía de tener algo de pantomima de un mundo que se ha quedado demasiado ancho. O demasiado estrecho, según. Cuentan también que en una de esas casas, cuya prestancia ornamental queda siempre a medio camino entre las Antillas y Génova, se reunía una famosa tertulia romántica auspiciada por doña Frasquita Larrea, madre de Fernán Caballero. Lord Byron, que llegó por entonces a Cádiz en olor de dandismo, se personó sin más en esa tertulia, atraído tal vez por las bellas muchachas gaditanas que ya encandilaron a los poetas latinos. Su aparición tuvo que producir una considerable dosis de sofocos y taquicardias, pero lord Byron fue amablemente reexpedido a la calle, no sin antes oír de la remilgada anfitriona que, entre sus costumbres, no figuraba la de recibir a alguien a quien no había sido presentada. No se tienen noticias sobre la reacción de lord Byron ante esas sutiles variantes locales de la cortesanía.
                Cuando empezó el curso, ya instalado en Cádiz, pude ir cotejando a mi manera todas esas impresiones sobre la geografía física y humana de la ciudad. Aunque en teoría debía pasar en Jerez los fines de semana, siempre había alguna buena razón para no hacerlo. De esa época gaditana conservo unos recuerdos bastante agitados. Me fui a vivir a una pensión de la plaza de la Candelaria, un viejo caserón de tres pisos y aún visibles huellas de pasados boatos, donde se hospedaban no menos de una veintena de estudiantes de Medicina y de Náutica. La pensión era lo más parecido que había a una olla de grillos. Regida por una mujerona que, al igual que la casa, debía de haber sido de muy buen ver, todo andaba allí un poco manga por hombro. En realidad, el único control inconmovible era el del anticipado pago semanal del pupilaje. Por lo demás, allí se podía ha de todo y hubo muy sonados regocijos y cuchipandas, con la regular concurrencia de chicas de la localidad. La patrona incluso aportaba a los festejos, por propia iniciativa, las dos o tres sirvientas jóvenes dedicadas al servicio de comedor. Yo creo que las tenía allí un poco como cebo. […]

José Manuel Caballero Bonald, Tiempo de guerras perdidas (La novela de la memoria, I),
Barcelona, Anagrama, 1995, págs. 149-153.