Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Alcalá Galiano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Alcalá Galiano. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de enero de 2012

Cádiz durante la Guerra de la Independencia en "Cómo se pasaba el tiempo en una ciudad sitiada" de Antonio Alcalá Galiano

Fortaleza de la Cortadura - Cádiz - 1812

Cómo se pasaba el tiempo en una ciudad sitiada

No vayan a creer mis lectores que al escribir las siguientes páginas me propongo contar hechos heroicos, ni crean que recomiendo la estancia en una plaza fuerte, verdaderamente sitiada y combatida, como una situación halagüeña. Intento, al refrescar en la mente antiguas memorias y pasarlas a la pluma, y de ella a la estampa, poner a la vista de la generación presente algunas escenas del singular drama que se representaba en Cádiz cuando estaba al frente, en la opuesta costa, el Ejército enemigo, […] a los moradores en Cádiz y la vecina isla de León (hoy ciudad de San Fernando) cupo en suerte un buen pasar a corta distancia de los fuegos de un contrario poderoso.
        Ni con esto pienso rebajar el mérito contraído por una ciudad de que soy hijo, a la cual conservo amor entrañable. […]
         Si algo podía disminuir el valor de la animosa resolución de defenderse, era la firme fe de que Cádiz y aun la isla eran inexpugnables. […]
En cuanto a la ocasión de que voy hablando, se veía el puente de Suazo echado sobre un brazo de mar con agua harto profunda; baterías rasantes a los lados del extremo que va al continente; alrededor, por la parte de afuera, salinas pantanosas, donde sólo puede andarse por angostísimos pasos conocidos sólo de los salineros, y fuera de los cuales perece hundiéndose quien temerariamente se arroja a pisar el terreno engañoso; y se colegía de todo ello, no sin razón, pues acreditó después la experiencia ser muy fundada la confianza, que obstáculos tales no podían ser vencidos por los agresores. Pero se olvidaba que la ciencia y el valor en la guerra superan los más formidables, y que para la defensa de puntos, aun siendo fortísimos, se ha menester gente numerosa que los presidie. Esto faltaba en Cádiz, y porque inesperadamente fue suplida esta falta, pudo la isla gaditana tener al frente al poderosísimo enemigo durante treinta meses y días, sin peligro casi, con pocos inconvenientes, y de modo tal que la vida allí vino a ser no meramente tranquila y cómoda, sino agradable y divertida.
         Fuese como fuese, aun con la escasa fuerza que había en Cádiz y la isla de León, comenzó a prepararse la defensa. […]
Para ello había sido trazada y empezaba a levantarse la Cortadura, que ya he descrito en otro artículo de estos mis recuerdos. Poco se había adelantado en ella desde que, once meses antes, había sido teatro donde fue representada la escena de la supuesta traición descubierta y del fácil vencimiento de los polacros, El lienzo de cantería estaba hecho, así en la parte de la cortina como en la de los baluartes, pero por otras nada había, faltando aún el terraplén o piso de la muralla.
         A remediar tales males o peligros acudió solícito todo el vecindario de Cádiz; quiero decir, todos los vecinos varones y no impedidos. Era de ver el gentío que poblaba las afueras de aquella linda ciudad, todo él compuesto de trabajadores aficionados. Como sucede en ocasiones semejantes, reinaba entre el bullicio la alegría, sin que pensase en que la causa de tal concurrencia más era para dolerse que para alegrarse. […]
Hombres de todas las edades, cuyos vestidos declaraban ser su condición y situación en la vida social, cuando menos acomodada, formando cadena, pasaban de mano en mano espuertas llenas de tierra, revueltos con gente de inferior clase para la cual era más fácil, aunque en ellas no fuese costumbre, tal trabajo. […]

         Febrero, marzo y parte de abril fueron para las dos poblaciones asediadas una época de tranquilidad. Algo molestó al principio la carestía, pero cesó pronto, recibiéndose toda clase de auxilios de lugares vecinos y lejanos y de tierras extrañas. […]
Era la política el principal alimento de la conversación; pero la política para las más de las gentes se reducía a pensar y hablar de los sucesos de las gentes, pues antes de juntarse las Cortes, las cuestiones sobre materias constitucionales, que poco después embebieron tanto la atención, de escaso número de gentes eran conocidas.
         La calle Ancha, por las mañanas; la inmediata plaza de San Antonio, cuando era posible pasear en ella al sol, o según la frase española, que tanto golpe da a los extranjeros, tomar el sol, y la alameda, pobre y fea entonces, pero con deliciosas vistas, estaban atestadas de gente. La hora de comer para la de la clase superior o acomodada vino por aquellos días a ser la de las tres de la tarde, ya dadas. Así, el gentío de ociosos de buen porte, que a la hora antes indicada charlaba y fumaba en la misma plaza de San Antonio o en sus inmediaciones, al sonar tres campanadas del reloj de la parroquia que lleva el nombre del mismo santo se dispersaba, yéndose todos en busca de lo que lo general de españoles llama la puchera, y a que dan los andaluces por nombre la olla; pero sin añadirle el epíteto de podrida, que sólo a ciertas ollas cuadra. […]
          Dicho dejo que con atender a las cosas de las Cortes empezó un entretenimiento nuevo, que llamó otros. En efecto, venido el Congreso a Cádiz, en febrero de 1811, puede decirse que fue su venida principio de la segunda parte del drama representado en aquella población sitiada o bloqueada. Hasta para variar, vinieron las bombas o granadas como a dar aviso de que estábamos en guerra y con el enemigo cercano, pero con las bombas vinieron a multiplicarse las diversiones, abriéndose el teatro y celebrándose fiestas de diversas clases al aire libre; […]
         Pero a criaturas que viven incómodas se hace necesario procurar distracciones. En ello se ocupó la autoridad. En el lugar más lejano del alcance de los fuegos enemigos, se puso al modo de una feria. Había, además, allí un tablado para música instrumental y vocal, que servía con frecuencia al fin a que estaba destinado. También se formó una como plaza donde se corrió por la sortija. […] En medio de todo ello no eran desatendidos los pobres. Como de éstos había y hay muchos en el barrio llamado de Santa María, de los menos distantes de la línea enemiga, se formó delante de la casa Hospicio, y a corto trecho del lugar de las diversiones, un campamento en cuyas tiendas de lona tenían albergue muchas familias, […]
         No me acuerdo si fue el 30 o 31 de julio cuando llegó al Gobierno la noticia de la victoria alcanzada por el Ejército inglés en la jornada dicha por los vencidos de los Arapiles y por los vencedores de Salamanca. Era a mediodía; la noticia corrió veloz por la población; sonaron exclamaciones altas, y unánimes; celebrose con salva el triunfo; respondieron al saludo con sus granadas los enemigos, y a cada tiro de éstos, correspondía por nuestra parte un grito de alegría y desprecio. […]
        Como dentro de una semana, poco más o menos (en la noche del 24 al 25 de agosto de 1812), habiendo ya cesado los disparos en la tarde, el ruido de repetidas explosiones anunciaba que se estaban poniendo en retirada los sitiadores; suceso ya esperado. […]
        ¡Rara condición la del hombre! El vernos libres del sitio no trajo consigo toda la alegría propia de tan fausto acontecimiento.
        A quienes se ha acostumbrado a la agitación parecen la paz y tranquilidad una situación fastidiosa. Así es que a los pocos días de levantado el sitio, vueltas las gentes a sus comodidades acostumbradas, era frecuente decir:
        “Gracias a Dios que nos vemos libres de franceses y de bombas, pero hay que confesar que la vida ahora es algo pesada, y que en los últimos apuros del sitio era muy divertida. Casi hace falta el oír sonar una campana que sirva de anunciar la venida de una bomba”. Así éramos las personas de 1812; así serían las de ahora puestas en iguales circunstancias.

___________________________________________________________________________________

Antonio Alcalá Galeano, Recuerdos de un anciano (2009), Barcelona, Crítica, "Cómo se pasaba el tiempo en una ciudad sitiada", pp. 197-284.
Texto completo: http://es.scribd.com/collections/3412392/Antonio-Alcala-Galiano-Recuerdos-de-un-anciano

martes, 2 de noviembre de 2010

CUADERNO DE CÁDIZ, 1. Invitación a un viaje


        1.   INVITACIÓN A UN VIAJE

          Gustavo Adolfo Bécquer comenzaba su leyenda “Los ojos verdes”
justificando una obsesión: “Hace mucho tiempo que tenía ganas de
escribir cualquier cosa con este título. Yo creo que he visto unos ojos
como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo
los he visto”. El lector de Bécquer recordará estos ojos cada vez que se
asome al misterio de unas aguas mudas y verdinosas, quietas e
inquietantes, suspendidas sin fondo en el barro del tiempo. Dicho de
otro modo: un poeta es quien nos enseña a mirar, a ver cualquier cosa
con un plus de emoción, de fábula, de necesidad.

          Hace tiempo que tenía yo ganas de reunir palabras sobre Cádiz.
Textos para ver la ciudad y para enseñarla al que viene de fuera de
modo que la ame, que nunca se le olvide. Porque hubo y hay muchos
enamorados de esta ciudad cuyas miradas aún hoy le dan
profundidad: un largo latido de historia, un corazón de casi tres mil
años. O de más.

       Una vez, en Grecia, una mujer que se llamaba Artemisa y era guía
de turismo nos leyó, situada en el centro del teatro de Epidauro, el
poema “Ítaca” de Constantin Cavafis. Aquel gesto sirvió para que en ese
mismo instante dejáramos de ser un anodino rebaño de turistas y
pasáramos a integrarnos en algo invisible que estaba allí, en aquella
ruina que volvió a ser, por obra y gracia de la poesía, un santuario: un
lugar sagrado donde recibir el consuelo de la sabiduría, la generosidad
y la belleza. Cádiz pudo ser una de las islas fabulosas donde paró el
gran Ulises: siguiendo a Licofrón, hay quien está convencido de que
era la isla Ogigia, donde habitaba la ninfa Calipso. Siendo esto así, a
cualquier viajero podemos dirigirle los versos de Cavafis, invitándole a
disfrutar de este puerto fenicio que sigue siendo Cádiz, Gades, Gadir:
ÍTACA

Cuando salgas de viaje para Ítaca,
desea que el camino sea largo,
colmado de aventuras, colmado de experiencias.
A los lestrigones y a los cíclopes,
al irascible Posidón no temas,
pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino,
si tu pensamiento se mantiene alto, si una exquisita
emoción te toca cuerpo y alma.
A los lestrigones y a los cíclopes,
al fiero Posidón no encontrarás,
a no ser que los lleves ya en tu alma,
a no ser que tu alma los ponga en pie ante ti.

Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que −¡y con qué alegre placer!−
entres en puertos que ves por vez primera.
Detente en los mercados fenicios
para adquirir sus bellas mercancías,
madreperlas y nácares, ébanos y ámbares,
y voluptuosos perfumes de todas las clases,
todos los voluptuosos perfumes que te sean posibles.
Y vete a muchas ciudades de Egipto
y aprende, aprende de los sabios.

Mantén siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero no tengas la menor prisa en tu viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que viejo al fin arribes a la isla,
rico por todas las ganancias de tu viaje,
sin esperar que Ítaca te va a ofrecer riquezas.

Ítaca te ha dado un viaje hermoso.
Sin ella no te habrías puesto en marcha.
Pero  no tiene ya más que ofrecerte.

Aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti no se ha burlado.
Convertido en tan sabio, y con tanta experiencia,
ya habrás comprendido el significado de las Ítacas.

      Constantin Cavafis, Poemas, Traducción y prólogo de Ramón Irigoyen, Barcelona, Círculo de Lectores, 1999, págs. 66-67.

         Somos descendientes de fenicios y vamos a hacer lo que mejor sabemos: comerciar. Lo ofrecemos todo, como la ninfa Calipso, dispuesta a regalarle a su amado Ulises-Odiseo incluso la inmortalidad.

          El proyecto CUADERNO DE CÁDIZ quiere ser una colección de textos de autores varios para uso de quien quiera ver y hacer ver la ciudad desde unos ojos que la conviertan, en conjunto y en cada uno de sus rincones, en experiencia inolvidable. Desde estas páginas del Diario de Cádiz iremos ofreciendo prosas y versos para enseñar y descubrir nuestro lugar. El lector puede participar enviando los materiales que quiera compartir a esta dirección: cuadernodecadiz@gmail.com. Con ellos iremos confeccionando un cuaderno de bitácora (http://cuadernodecadiz.blogspot.com/). Indicaremos siempre de dónde proceden, con lo que su identificación puede hacer cierta publicidad a ciertos libros. Indicaremos también quién los envía, si se trata de un lector, para agradecer su gentileza. Al final, nos gustaría pensar en un mapa de esos que se muestran en internet con manitas donde se puede picar para saber más: que pudiéramos pinchar en cualquier sitio la piel de Cádiz y encontrar una historia, o un poema.

         Esto quiere ser es un proyecto abierto y colectivo. Abierto porque ninguna entrega agota un tema o una perspectiva. Colectivo porque se puede sumar quien lo desee[1]. Y aquí ponemos el primer ejemplo de nuestras intenciones. Cuaderno de Cádiz, como proyecto común, viene a ser como el muro del fuerte de La Cortadura, que fue obra mancomunada allá por los años de la guerra de la Independencia contra Napoleón. Antonio Alcalá Galiano (Cádiz, 1789-Madrid,1865) cuenta en sus Recuerdos de un anciano (1878) cómo se construyó esta muralla, la más humilde, la que habría de defender las pequeñas granjas y casitas que quedaban más allá de las Puertas de Tierra y, sobre todo, alejar del casco urbano la línea de tiro. Una vez que la Junta Central decidió hacer frente a la invasión francesa y trasladarse de Sevilla a la Isla de León, se planteó el tema de la defensa de las plazas. La de la Isla se dejó en manos de la autoridad militar. En cambio, en Cádiz, la muralla de Cortadura estaba sin terminar. Nos situamos viniendo de San Fernando por la carretera de Andalucía, CA-33, en Cortadura, hoy, entre el lienzo de la muralla que cierra la playa y el actual Instituto, y estamos viendo con los ojos de Alcalá Galiano, en 1810:

     El lienzo de cantería estaba hecho, así en la parte de la cortina[2] como en la de los baluartes[3], pero por otras nada había, faltando aún el terraplén o piso de la muralla.
       A remediar tales males o peligros acudió solícito todo el vecindario de Cádiz; quiero decir, todos los vecinos varones y no impedidos. Era de ver el gentío que poblaba las afueras de aquella linda ciudad, todo él compuesto de trabajadores aficionados. Como sucede en ocasiones semejantes, reinaba entre el bullicio la alegría, sin que se pensase en que la causa de tal concurrencia más era para dolerse que para alegrarse. Frailes robustos, de aquellos de que sacan coplas los enemigos de las órdenes monásticas para ridiculizar sin razón a todos, asidos a gruesas sogas tiraban de parte de las casitas destinadas a ser derruidas (…). Hombres de todas las edades, cuyos vestidos declaraban ser su condición y situación en la vida social, cuando menos acomodada, formando cadena, pasaban de mano en mano espuertas llenas de tierra, revueltos con gente de inferior clase para la cual era más fácil, aunque en ellas no fuese costumbre, tal trabajo. Suplían el celo y el número la falta de fuerzas o de habilidad, y animaba a los trabajadores ver cuánto adelantaban, porque en poco tiempo quedó levantado el alto terraplén, que apisonaban otros a costa de salir con los brazos, si no lastimados, dolidos. Me acuerdo del buen humor con que acudíamos a trabajar, formando una como cuadrilla los que solíamos concurrir a la tertulia de la marquesa de Casa Pontejos, madre de la excelentísima señora marquesa de Miraflores. (…) ¡Con qué alegría y ardor pasábamos de mano en mano las espuertas de tierra, y las contábamos para gloriarnos de lo activo de nuestro trabajo! No así con el pisón[4], pues yo le hube de tomar creyéndole obra poco penosa, y tuve que soltarle en breve, lleno de dolores en los brazos. Una enorme caldera llena de arroz con buenos tasajos servía para reponernos de la fatiga, y metíamos en ella nuestras cucharas, de palo, pero limpias y cada día nuevas.
       Duró cosa de una semana este trabajar de todos sin orden ni regla, pero al cabo (…) entró un arreglo dispuesto por la autoridad, que fue dividir la ciudad en barrios para el trabajo, y hacer que cada día fuesen los de aquel al cual tocase hacer la necesaria faena. Ni aun por esto, a pesar de que ya privaba algo al trabajo de su calidad de voluntario, cesó el celo durante algunos días; pero empezó la hora en que con el cansancio venía la tibieza, perdiendo además la obra el atractivo de la novedad, si bien por fortuna entonces lo más urgente estaba hecho, y, por otra parte, quedaba muy disminuida la importancia de la Cortadura, porque otro era ya el punto destinado a tener a raya el poder francés.
      Antonio Alcalá Galiano, Recuerdos de un anciano (1878), Barcelona, Ed. Crítica, 2009, cap. “Cómo se pasaba el tiempo en una ciudad sitiada” (págs. 195-284).







__________________________________

[1]  Las condiciones para colaborar son cuatro: 1) El texto debe ser corto (como mucho, 2 páginas) y con un sentido completo. 2) Debe remitir a un lugar u objeto concreto de Cádiz, un sitio –o una cosa− que se pueda ver, visitar, percibir con alguno de los sentidos. 3) El remitente debe identificarse con nombre, apellidos, domicilio, teléfono, e-mail y DNI. 4) Además del texto y del nombre de su autor, se indicará de dónde se ha extraído, de qué libro o fuente procede. Nuestro criterio de selección se basará en el interés histórico, la curiosidad de la anécdota y la calidad literaria.
[2]  Cortina: 4. f. Termino militar. Lienzo de muralla que está entre dos baluartes (DRAE).
[3]  Baluarte: (Del francés antiguo balouart, y este del neerlandés medio bolwerc, empalizada de defensa). 1. m. Obra de fortificación que sobresale en el encuentro de dos cortinas o lienzos de muralla y se compone de dos caras que forman ángulo saliente, dos flancos que las unen al muro y una gola de entrada (DRAE).
[4]  Pisón: (De pisar, apretar). 1. m. Instrumento pesado y grueso, de forma por lo común de cono truncado, que está provisto de un mango, y sirve para apretar tierra, piedras, etc. (DRAE).